Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía


Homilía del Señor Arzobispo para el XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

“Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?” (Mc.10,17-22)

Un individuo va hacia Jesús y le hace una pregunta fundamental: ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna? … Un hombre angustiado busca solución para un problema crucial: qué hacer para obtener la vida después de la muerte. Llama la atención que este joven tiene todo lo que hoy se requiere para ser feliz (juventud, riqueza, estatus social). Es  todo  lo que la publicidad nos  impone y nosotros perseguimos más o menos inconscientemente. Sin embargo, parece que siente un vacío en su vida y  por eso pregunta: ¿qué tengo que hacer para heredar  la vida eterna? Reconoce en Jesús a alguien que puede resolver su problema y calmar su angustia.
El texto del Evangelio dice que este joven va “corriendo” y se arrodilla…” En Oriente el correr es un comportamiento reprochable pero su angustia es tan insoportable que llega a transgredir las convenciones sociales… No viene a Jesús como otros personajes oprimidos por la enfermedad, sino a partir de una inquietud interior: ¿Qué tiene que hacer para heredar la vida eterna? No parece preocuparle la vida terrena, que la tiene resuelta, él pregunta por una vida en que la muerte no sea el final de todo? Todos somos como este joven rico que vamos corriendo y también podemos acercarnos hoy a Jesús con la misma pregunta en el corazón. ¿Dónde encontrar una Vida plena y llena de sentido?
Jesús le contesta: “¿por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno, más que Dios”.  Jesús quiere decir: sólo Dios es el último fundamento de todos los valores, sólo El da sentido definitivo a nuestra vida humana en esta tierra. Sin Dios, el ser humano no sabe a dónde va, ni logra comprender quién es en profundidad; sólo Dios puede apagar la sed profunda de sentido y de felicidad que llevamos en el corazón.
La respuesta que Jesús da a este individuo del Evangelio se dirige a cada una y a cada uno de nosotros. Jesús le dice: “ya sabes los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre…”. Es decir, Jesús le refresca la memoria  de los mandamientos. Él le responde: “Maestro, todo eso lo he guardado desde pequeño…”. Ahora se siente mejor. Por un momento se disipa su angustia y respira mejor.
“Jesús, se le quedó mirando con cariño”. La mirada aquí es importante. Si es consignada en el Evangelio, es porque habría sido algo inolvidable que impresionó a los testigos de la escena. Jesús comienza a mirarle de un modo nuevo. La mirada es una experiencia de intimidad, de afecto silencioso, de amor sin palabras. Podría decirse que la mirada de Jesús es provocativa, porque  trata de “llamar”, y de invitar a un discípulo potencial. En lo profundo de ese hombre, Jesús descubre quién es en su corazón.
En el gesto de posar su mirada sobre él esta contenido todo su amor. No hay nada más bello que esta mirada. En esa mirada de amor está el secreto de toda una vida. Esa es la mirada de Dios sobre todo ser humano, una mirada de amor.  Que nos dejemos alcanzar por esta mirada de amor.
Cuando dice que todo eso lo ha cumplido desde niño, Jesús le invita a un paso más: “una cosa te falta: ve a vender  todo lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; anda, ven y sígueme”. Jesús le viene a decir: te falta todo (en la simbología hebrea, cuando falta una cifra es como si faltase todo). Jesús no reconoce los méritos del piadoso rico y no lo elogia sino que le hace notar que le falta todo, pues tanta riqueza y la constante práctica religiosa no lo han hecho un hombre feliz. “Una cosa te falta”, no para heredar la vida después de la muerte, sino para realizarte plenamente, para encontrar la felicidad que no posees y para entrar en la verdadera alegría.
Jesús añade:”Ve a vender todo lo que tienes…ven y sígueme”. El acento no esta en el “venderlo todo” sino en el “ven y sígueme” o sea, la invitación a una relación especial con Jesús. No es posible alcanzar lo que Jesús pide sin una profunda relación de amor con Él. Una relación de pasión y de fuego que transforma nuestra vida.
“El frunció el ceño y se marcho triste”. El joven rico se aleja de Jesús lleno de tristeza. El dinero y todo lo que posee le quita libertad y seguridad. El dinero le impide escuchar la llamada a una vida más plena. También nosotros constatamos hoy en nuestras sociedades que si no carecemos de nada o de casi nada, ¿qué nos pasa para que no estemos contentos? ¿qué nos impide ser felices de verdad? La tristeza nos avisa y corremos el peligro de no escucharla. Ella es buena compañera porque nos revela que hay en nosotros un anhelo mayor de vida; nuestra tristeza nos indica que nos hemos alejado de la Fuente de la Vida. ¿Qué nos pasa que, a pesar de tenerlo todo, se nos ve tristes? ¿Por dónde se nos va escapando la alegría del evangelio?  ¿No vivimos hoy, en nuestra sociedad, una búsqueda desenfrenada de éxito y de bienestar material?  Pero, ¿cuánto dura  y cuánto vale el éxito social?
“Ven y sígueme”. Este “sígueme” continúa resonando en  nuestro corazón. El “sígueme” de  Jesús  podemos  escucharlo siempre que hacemos silencio en nuestro interior. Lo importante es que permanezcamos con el corazón abierto a esta llamada interior. Él sólo  nos invita, no se impone: “si quieres,  ven y sígueme”.
Que en este domingo podamos decirle: Señor, ninguna de nuestras falsas riquezas pueden saciar el hambre de amor, de verdad y de belleza que llevamos dentro. Tu mirada nos sigue con un respeto infinito a nuestra libertad y no conseguiremos la paz hasta encontrarla en Ti.

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