Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía del Domingo 6 de Septiembre de 2015

p3homilia

Homilía del Señor Arzobispo para el XXIII domingo del Tiempo Ordinario
“Éffeta, ábrete del todo” (Mc. 7 32-37)
Esta es la orden de Jesús dirigida al sordomudo… Esta palabra de Jesús en arameo, es para nosotros hoy y para todos: “Éffeta, ábrete del todo”, que todo en  nosotros  sea apertura para escuchar la voz del Espíritu, la voz de la vida en nuestro corazón…
Esta orden es la expresión del deseo de Jesús: “ábrete del todo”… Aunque estemos en el mundo de la comunicación (con internet incluido), tal vez,  necesitemos, como nunca,  abrirnos a Alguien más que nos sobrepasa… ¿No estamos demasiados cerrados en nosotros mismos?   
Este “sordomudo” del Evangelio de hoy es una figura representativa de nuestra cerrazón mental, como discípulos, el sordo-mudo representa nuestras resistencias a abrirnos a Él, a su amor sin límite, a abrirnos a la vida, a las relaciones auténticas, a la libertad interior y a todo lo que nos construye y nos hace vivir más plenamente…  Vivimos incomunicados. La soledad se ha convertido en una de las plagas más graves de nuestra sociedad. El contacto humano se ha enfriado en nuestro mundo. Algunos han perdido la capacidad de llegar a un encuentro cálido, cordial y sincero… Otros, arrastran su soledad, no se sienten comprendidos ni amados por nadie y corren “hacia delante”…
La confianza y la relación con Jesús Resucitado puede tener un valor terapéutico que nos cure de nuestra soledad y de nuestra incomunicación: Él es Amor y Comunión. Los cristianos estamos sometidos, como cualquiera, a las tensiones de la vida moderna y a las dificultades de relación personal. Pero podemos encontrar en nuestra fe viva en Jesús una luz, una fuerza y un sentido para superar el aislamiento, la soledad y la incomunicación, como este sordomudo del Evangelio que escuchó las palabras de Jesús: “ábrete”. Sí, ábrete del todo.
También padecemos una “sordera” para escuchar a Dios: Nuestro mundo se ha hecho sordo a Dios, particularmente nuestras sociedades occidentales están perdiendo su capacidad para escuchar a Dios. Sencillamente, ya no conseguimos oírlo: Arrastrados por la civilización del aturdimiento,  del ruido, de las prisas, somos sordomudos ante la vida: no escuchamos ni percibimos el misterio en que vivimos. De hecho, son bastantes los que no saben contemplar,  descubrir y disfrutar la vida en profundidad. El ruido y la superficialidad en la que vivimos nos impiden nuestra apertura a Dios. ¿Cómo podremos percibir su presencia si vivimos fuera de nosotros mismos, volcados sobre nuestro pequeño bienestar? ¿Cómo escucharemos su voz si vivimos de forma ruidosa y en la superficie de nosotros mismos?
El Evangelio de este domingo dice que  “Jesús lo apartó de la gente, a solas con Él”.  Es suficiente ir aparte, lejos de la gente y del ruido para encontrarse cara a cara con Jesús. Entonces recobramos inmediatamente, la capacidad de escuchar y la posibilidad  de hablar, de comunicarnos de verdad.  El contacto directo  con Jesús en intensa cercanía con Él y la fuerza de su imperativo: “ábrete”, sueltan todas nuestras ataduras y nos permiten de nuevo pronunciar nuestra propia palabra. Nosotros también necesitamos descubrir hoy a este Jesús Resucitado que se acerca a nosotros, cura nuestras debilidades y despierta esperanza en nuestros decaimientos. Jesús hace llegar a nuestros oídos un mensaje lleno de ternura, consuelo y ánimo, disolviendo nuestras resistencias y temores. El “éffata” de Jesús tiene fuerza para despertar nuestros recursos personales dormidos comunicándonos el soplo de la vida y de la alegría.
Hay también en el texto, un gesto expresivo de Jesús: “levantó los ojos al cielo y suspiró”, que nos pone en la pista de dónde buscaba Jesús el poder de regenerar con su soplo vivo a alguien que necesitaba ser recreado y liberado. Dice el texto que Jesús: “levanta la mirada al cielo”; el cielo es el origen, la fuente, el lugar de la fuerza de Jesús… “Da un suspiro”; ese suspiro que Jesús deja escapar en el momento de tocar los oídos del sordo nos revela que Él se identifica con los sufrimientos de la gente, que participa intensamente en su desgracia y se hace cargo de ella. Es la expresión del sentimiento y de la solidaridad de Jesús con nuestras “sorderas”: y le dice: “éffata,  (ábrete del todo).
“Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”. Fue una maravilla. Tú, Cristo nunca te cansas de curar, de compadecerte, de amar…. ¿cuándo nosotros  aprenderemos a reconstruir en vez de devastar? Ábrenos a la Palabra de tu vida inscrita en nuestro corazón.
Cuando Jesús cura al sordomudo está realizando un gesto que encierra simbólicamente, todo lo que pretende aportar a la humanidad: despertar la vida de los hombres y mujeres, a su realidad más profunda y ayudarles a escuchar la llamada a vivir plenamente.
Necesitamos escuchar hoy la invitación de Jesús al sordomudo: “ábrete”. La curación del sordomudo nos invita a dejar que Jesús siga realizando en cada uno de nosotros su gesto liberador. La misma palabra dirigida al sordomudo: “ábrete”, puede resonar en nuestros oídos y en nuestro corazón.  Que podamos escuchar a Aquél que anhela nuestro corazón. El es el único que puede  curar ese vacío último de todo ser humano, que nada ni nadie puede llenar. En Él, encontraremos Aquél por quien podemos vivir. Él da vida a nuestro corazón.
Que hoy podamos decirle: Señor, enséñanos a abrir nuestros oídos a la Palabra de tu   amor y de tu vida… Que escuchemos también el grito de los desesperados de la Tierra, que necesitan de nuestra compasión y de nuestra solidaridad.

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Esta entrada fue publicada el 4 septiembre 2015 por en Homilias.
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