Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

El origen de la corrupción

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Reflexión
El origen de la corrupción
P. Juan Ángel López Padilla
¿Alguna vez se han preguntado por el origen de la corrupción? Es decir, ¿Cuál es la fuente de semejante cáncer que carcome no sólo nuestra sociedad en particular, sino prácticamente, al mundo entero?
No hay excusa ninguna para corruptores y corruptos, ninguna.
Cierto es que quién falla, realidad de la que ninguno de nosotros está exento, tiene derecho a rectificar, a enmendarse, a cambiar. Pero, distinta es la actitud del que reconoce sus errores, de la de aquel que a todas luces ha faltado y sencillamente se empecina en tratar de ocultar, de esconder, de tapar; una realidad que es imposible que no haga menos que destruirle, como persona.
Hace unos días, recibí una llamada de un ex alumno de la universidad para agradecerme algo de lo que ni remotamente me acordaba. Me contaba que hace algunos años atrás les di un “jalón” a él y alguno de sus compañeros, después de un evento de la universidad y que cuando llegamos a un semáforo que estaba en rojo, uno de ellos me recomendó que me pasara. Mi respuesta fue que “aquello no se hacía”. Por algo era profesor de ética. Pero me insistieron que de todas maneras nadie me miraba. A lo cuál yo respondí que claro que había quién miraba mis acciones. Ellos pensaron que me refería a Dios, pero más allá de eso, yo me refería a ellos y a mi mismo. Insisto que no me acuerdo para nada, de eso.
Las palabras de gratitud de aquel muchacho vinieron motivadas porque, en una situación similar, se acordó de aquello y al evitar pasarse el semáforo se salvó de un seguro accidente. Aunque el conductor del vehículo que le pitó y le pasó por el costado no tuvo tanta suerte. Ese sí, se accidentó. Cuando me pongo a reflexionar sobre el origen de la corrupción no me queda la menor duda que está en la familia. En los valores que en ella se nos inculcan, se evita; y en los contravalores aprendidos o inducidos, se gesta.Toda esa robancina que hemos vivido en Honduras, descarada y absurda; todos esos crímenes y esa impunidad, no se alcanzarían si en nuestras familias se nos educase con el buen ejemplo. Nuestra moralidad personal es derivada, aunque no de manera exacta y perfecta, de los condicionamientos a los que estamos sometidos desde una temprana edad. Claro que hay quién habiendo sido bien educado termina siendo un gran delincuente. Pero esos son los menos, no los más.
La corrupción de los quienes han desfalcado al Estado, han adulterado medicinas, han asesinado, han comprado prebendas, han adulterado precios, se han enriquecido a costa de la pobreza de la inmensa mayoría de nuestra gente; no tiene raíz más profunda y dolorosa, que la ausencia de una formación familiar sostenible y humana. De hecho, de la ausencia de una familia, punto.
¿En que abona a nuestro futuro seguirnos imponiendo criterios de éxito basados en el arribismo, en la acumulación desmedida de bienes, en el afán desmesurado por servirse con cuchara grande de las mieles del poder político?
En casa aprendí que lo ajeno no se toca y a ser responsable de mis tareas, a respetar a todos por igual y a callarme cuando otro habla. Tal vez no fue gran cosa, pero al menos me permite dormir en paz, cada noche.

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Esta entrada fue publicada el 21 agosto 2015 por en Punto de Vista, Reflexión.
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