Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Monseñor Romero, un prócer de la nueva época de El Salvador

Momento en el que Monseñor Romero se acercó al Papa Juan Pablo Segundo para expresarle su preocupación por el pueblo salvadoreño.

Momento en el que Monseñor Romero se acercó al Papa Juan Pablo Segundo para expresarle su preocupación por el pueblo salvadoreño.

Mons. Jesús Delgado revela su relación personal con Oscar Arnulfo Romero, a quien asistió como su secretario personal; también achaca su asesinato a un grupo de “señoras ricas”.
Monseñor Jesús Delgado, además de ser un reconocido sacerdote salvadoreño, con una larga trayectoria como académico de la Universidad Centroamericana (UCA) y dentro de la propia iglesia local, es un destacado intelectual y hasta ahora, el más importante biógrafo del asesinado Arzobispo Oscar Arnulfo Romero.Como biógrafo de Oscar Arnulfo Romero tiene tres libros: Monseñor Romero. Biografía; Pensamiento de Monseñor Romero en sus cartas. Así tenía de morir, porque así vivió.  ¡sacerdote! Mons. Oscar Arnulfo Romero.
¿Cómo conoció usted a Monseñor Romero? ¿Qué recuerda?
Lo conocí antes de que fuera arzobispo de San Salvador, todavía era auxiliar de Monseñor Chávez y González. Lo conocí en Santa Ana de manera muy fortuita: sucede que el obispo de Santa Ana lo tenía como el predicador de pacotilla, de nota alta para las fiestas patronales de Santa Ana. Él predicaba todas las fiestas de los 26 de julio.
El talante para predicar de él era algo conocido de todos, pero una vez se anunció que no podía venir porque tenía una enfermedad que le había llegado al estómago y que se sentía molesto y no podía predicar  y se le notificó  al obispo de Santa Ana, por lo que el obispo tuvo que buscar a alguien que predicara y me dijo: “tú tienes que predicar”.
Yo era un joven sacerdote en ese momento,  yo conocía  a Monseñor Romero solamente de oídas, incluso no era Monseñor, era padre Romero todavía. Me tocó predicar en la misa de la Señora Santa Ana y saliendo de catedral le dije al obispo: yo  tengo que irme rápido porque tengo clase que impartir, porque yo daba clases en la UCA. Saliendo estaba de catedral cuando me tropiezo con un sacerdote.  “¡Hay disculpe!”, le dije…casi nos damos en la nariz, yo salía y él entraba.
-“¿Usted quién es?”- me preguntó
-“Yo soy el padre Chus Delgado”- contesté
-“Ah, el que acaba de predicar, lo he escuchado en la radio, que linda predicación”.
-“Y usted quién es”, le pregunté,
-“Yo soy Oscar Romero” contestó.
-“No me diga que usted me está diciendo que predico bien, si usted es el pico de oro del Señor en este mundo”-  contesté.
Ahí nos conocimos, nos dimos la mano, nos piropeamos.  Él entró a saludar al obispo y yo me fui a San Salvador de regreso, de ahí no nos vimos más.
Cuando tocó el relevo de Monseñor Luis Chávez y González, fue elegido Monseñor Romero tras una elección bastante difícil, porque ninguno de los obispos que existían en ese momento, que  eran cuatro, quería asumir porque veían las cosas muy duras. Cosa extraña porque todos los obispos quieren ser arzobispo y pasar a la lista de los grandes, pero esa vez no. Entonces el Nuncio, instado por señores de la gran sociedad salvadoreña que conocían bien a Monseñor Romero durante su tiempo en San Miguel y le tenían una estima enorme, le sugirieron que promoviera a Monseñor Romero como arzobispo.
¿Era de los que no quería asumir?
No, pero era joven, Romero era el más joven de todos.  Entonces sabiendo el Nuncio que por ser joven le dirían que no, y aún sabiendo que Romero tenía una gran devoción al Papa porque para él lo que el Papa decía era mandato divino, platicó con él y le dijo: “El Papa quiere que usted sea el arzobispo”, ahí lo amarró completamente. No tuvo más que decir.
“Qué se haga la voluntad de Dios, pero sepa que no estoy preparado para eso”, le dijo Romero. “Dios te ayudará, Dios nunca pide alguien hacer algo sin que le de  la gracia…”, le dijo el Nuncio.
Cuando él tomó posesión, fue la segunda vez que yo lo vi; eso fue en la parroquia San José de la Montaña, ahí se presentó el Nuncio, el arzobispo saliente, Monseñor Chávez y González,  él y otros obispos, todo el clero, por supuesto, llenísima la iglesia de sacerdotes y monjas, pero el clero no quería a Monseñor Romero para nada.
¿Por qué?
Porque el Monseñor Romero que conocimos aquí, siendo auxiliar, era un hombre de derecha si queremos hablar de un estilo, hombre tradicionalista, muy conservador, muy pero muy quisquilloso frente a las ideas de Medellín. No podía escuchar esas cosas  y hasta llegó a decir que le daba náusea escucharlo. Nunca iba a las reuniones del clero porque era muy de avanzada y se guiaba por las ideas de Medellín. El clero no lo quería para nada.
¿Usted nunca habló de esos temas con él?
No, yo no lo conocía por esos tiempos, él me conocía más a mí. Vuelvo al acto de toma de posesión, tomó la palabra el arzobispo saliente Chávez y González, y toda la gente de  píe, llorando. Él era muy querido; 38 años de arzobispo, él puso esta Arquidiócesis, él la organizó, es el gran pastor, para mí no ha habido mayor organizador  de la arquidiócesis que él, junto con Monseñor Rivera y Damas.
Entonces, el Nuncio le dio la palabra al nuevo arzobispo, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, él era muy nervioso, agarró el Cristo que llevaba en su pecho – era para él una fuerza enorme-  y temblando empezó a hablar.
Habló muy lindo como siempre, pero nadie aplaudió. Todos se quedaron sentados, nadie se puso de píe, la iglesia parecía un sepulcro hasta que a un sacerdote se le ocurrió gritar: “Bueno y por qué no vamos a tomarnos un cafecito caliente”, le aplaudieron, qué bochorno…  Todos salieron rapidísimo de la iglesia al seminario a tomar el café.
Yo estaba tomando mi cafecito, hablando con alguien,  cuando siento que alguien me tomó del cuello y me jaló para atrás, cuando vuelvo a ver era Monseñor Romero. Me llevó aparte y me dice: “Padre Chus ayúdeme a conquistar al clero porque no me quieren, yo sé que a usted le siguen y le escuchan”. Yo en ese tiempo daba muchas pláticas espirituales con ellos, retiros espirituales, pláticas de teología, todo eso.
“Con mucho gusto excelencia, usted es el jefe”, yo soy hombre de Iglesia y me guste o no me guste el individuo, si el Señor lo ha nombrado es jefe, padre y pastor”. “Desde ahora usted va a ser mi secretario personal”, me dijo.  Ahí fue donde me empecé a codear bastante, era un hombre de un trabajo enorme.
Yo tenía mi casa cerca de la UCA. Una vez tocaron la puerta como a las dos de la madrugada, yo dije que era la Guardia que me vienen a pepenar, porque yo trabajaba en la UCA.
-¿Quién es?-, dije desde adentro.
-Soy yo-…
-¿Quién es yo?- contesté…
-Yo le digo, abra-
Era él, Monseñor Romero a las dos de la mañana.
-Mirá, quiero que me revises este documento, que debo enviarlo a Roma inmediatamente, a las ocho de la mañana.
-Vaya Monseñor, déjelo- le dije yo.
-No, yo aquí me quedo- me dijo.
Se quedó en la mecedora  para verme trabajar, él lo había escrito todo a mano. Desde ahí comenzó mi relación muy estrecha con él, calidad en la que él me cita poco, claro está porque era algo personal, nadie tenía que saber lo que hacíamos, ahí empecé a conocer bien profundamente y lo llegue a amar evidentemente.
Él empezó a dejarse trabajar por el espíritu para ver cómo entraba en consonancia con la doctrina del Vaticano y el Vaticano aceptado por América Latina que es Medellín. Aceptación quiere decir que  la doctrina de un concilio universal es apropiada y puesta al servicio de la Iglesia de un continente.
Eso era lo que a él no le entraba mucho y empezamos a trabajar en eso: “Leamos juntos Medellín usted trate de explicarme”, me decía, y él buscaba apoyo, hasta que llegó un cardenal que se llamaba (Eduardo) Pironio, que fue su verdadero padre espiritual en la doctrina de Medellín y la Iglesia Latinoamericana, él fue muy perseguido en Argentina por sus propios correligionarios pero finalmente fue cardenal de la iglesia católica en el Vaticano encargado de un dicasterio, o sea, un ministerio para las misiones.
Así conocí yo a Monseñor Romero; primero esporádicamente; segundo ya intensamente.
¿Qué elementos cambian a Monseñor Romero?
Le he de decir que a Monseñor Romero, lo cambian las circunstancias y él trató de responder a Dios en las circunstancias en las que le hablaba. Monseñor Romero no cambió como hombre, era un sacerdote y lo fue siempre igual.
El libro que yo escribí, “Así tuvo que morir porque así vivió”, demuestra que este hombre no sólo cambió, también progresó en la visión sacerdotal de ser ministro de la Iglesia, ministro de Dios ante el pueblo, de una fidelidad grande a Dios, al Papa, a la Iglesia… Eso no cambió para nada. Lo que tuvo que cambiar él, era su modo humano de asumir la voluntad de Dios y la realidad frente a la realidad. Él fue formado en una época antes del Concilio.
Este fue el paso que tuvo que dar Monseñor Romero, pero lentamente, pasar de una iglesia de culto, a una iglesia del pueblo de Dios, de una iglesia jerárquica a una iglesia del pueblo de Dios, que lo marca bien el documento Lumen Gentium, que es de los primeros grandes documentos del Concilio Vaticano.
Eso le costó a él asimilarlo, pero un hombre del espíritu, hombre de Dios, un hombre santo,  recto, y comunicado con el espíritu como lo fue él, lo fue asimilando poco a poco. Le costó más porque tuvo que dar ese paso de la iglesia como jerarquía y culto, a una iglesia del pueblo de Dios, y tuvo que dar ese paso aquí en San Salvador en unas circunstancias bien difíciles desde un principio; porque le mataron al padre Rutilio Grande, y ese fue el primer choque tremendo que tuvo.
¿Usted recuerda este día?
El día en que lo mataron lo supimos todos, yo estaba en la UCA y  él me llamo rápido, para preguntarme qué era lo que se debía hacer en esa situación.
¿Qué recuerda de esa circunstancia?
Él me dijo en ese momento: “No sé qué está pensando, este gobierno que me está matando al sacerdote mejor que yo tengo”.  “Pues hable con el presidente Molina”, le dije yo y así lo hizo. Después de haber ido a hacer una misa al padre Rutilio, fue a hablar con el presidente Molina – él lo trataba como de tú- y le dijo: “Mirá Óscar aquí hay 70 sacerdotes que según nosotros o tienen que ser sacados por ustedes del país o aquí corren el peligro de que los maten como a Rutilio”.
Romero contestó: “A mí no me toca ningún sacerdote nadie ni el altar ni ningún sacerdote. Tocar un sacerdote es tocarme a mí, por eso estoy aquí, no tengo que poner afuera mis sacerdotes, son pastores, no son ustedes los que van a decidir quién va estar aquí o no, somos nosotros los pastores”.
Se despidieron así tensamente, pero esa tarde Molina tuvo una inauguración no recuerdo de qué y los periodistas preguntaron: “Parece que Monseñor Romero estuvo con usted esta mañana”, el presidente contestó: “Sí, y hablamos muy lindamente como amigos que somos, le expuse la situación y él está muy de acuerdo en que vamos a ver cómo hacemos para que esos sacerdotes salgan del país”.
Cuando supo esto Romero dijo en la homilía del domingo: “Desde ahora ya no visito más al presidente en particular, él y todos van a saber lo que el Señor quiere de ellos desde aquí, desde el pulpito de la verdad”. Desde ese momento inicia las homilías y el análisis de la realidad en que habla de un ministro, de un presidente, por ese motivo empezaron la homilías, porque manipulaban la verdad y la ponían de su lado.
¿Monseñor redactaba sus homilías o usted en su carácter de secretario le ayudaba?
No, eso era algo muy sagrado para él; él era un orador nato, yo tengo su fichero de su ideario desde que era joven sacerdote, él leía muchos libros y de los libros sacaba párrafos  y los escribía en fichas y tenía su fichero.
¿Cómo recuerda usted esos momentos trágicos, cuando Mons Romero empieza a confrontar sobre el tema de los derechos humanos?
Él me dijo un día: “Estamos atrapados entre dos fuerzas, nosotros debemos seguir en el camino recto, por un lado, están mis amigos de derecha que no quieren entender que hay que convertirse; por otro lado, los que se están haciendo de amigos de izquierda, quienes quieren que yo jale de su lado con ideas revolucionarias y eso no puede ser. Ni puedo estar con estos mis amigos porque los de la derecha son mis amigos también, entre ellos los grandes ricos de San Miguel, que se vinieron a vivir a San Salvador; ni puedo dejar que ellos sigan en ese camino porque se pueden condenar”.
Monseñor Romero siempre hablaba en términos teológicos profundos. Por ejemplo: “No quiero que mis amigos se condenen, pero tampoco puedo seguir las directrices de alguien que quiere que yo sea revolucionario. Voy a tratar de seguir el camino de Pablo VI, quien es para mí, el guía en todo esto”. Además Romero lo admiraba como exponía la doctrina, las actitudes y lo consultaba mucho cuando iba a Roma. Pablo Vl siempre le daba un espaldarazo y le decía: “Siga adelante Monseñor, siga adelante, va muy bien,  usted es el pastor de San Salvador”, de forma que él trató de mantener una línea media de Cristo, tratando  de convertir a unos y a otros, eso era su ideal, convertir no solo su alma sino la actitud en este mundo, a unos los llamaba para practicar la justicia, a otros no dejarse llevar por la violencia.
Él era el único que hablaba de que no teníamos que ir a lanzarnos, “aún no hemos gastado el cartucho de la palabra de Dios, debemos mantener un diálogo a través de la palabra”, decía. De hecho el 24 de marzo de 1980, cuando fue asesinado a las 6:20 de la tarde, a eso de las 7:00 de la noche era una completa balacera en todo San Salvador, balas por todos lados y se desencadenó todo.
A pesar de que Monseñor fue en esencia mediador, por su palabra, orientador del pueblo, sin duda la derecha es quien lo asesinó, ellos desde un principio sabían lo que iba a hacer, cortar todo intento de diálogo. ¿Qué se sabe de esto?
Según la Comisión de la Verdad, evidentemente es de la derecha que viene la bala, así lo establece; la Iglesia no pone hincapié en eso, sino en que fue asesinado en contra de la fe, porque la iglesia no condena a uno ni a otro, sino que nosotros tenemos el deber de salvar las almas de todos, por ende, la iglesia cuando va a beatificar o canonizar a alguien no es que al determinar que fue asesinado por o en contra de la fe, es que los otros son pecadores y se van al infierno.
A decir verdad, Monseñor Romero murió por todos los salvadoreños, él quería un El Salvador hermano, en donde los pobres caminaran junto con los ricos, los ricos con los pobres, pero en un ambiente nuevo, por supuesto, que no podía seguir la vida social como estaba entonces… De hecho hurgando, hurgando y hurgando, la muerte de Romero no la decide ningún partido político, sino un conjunto de señoras de alta oligarquía que eran muy amigas de él y que se dijeron: “Nosotras lo llevamos al arzobispado, nosotras quitémoslo”, entonces de ahí viene, es por ello que el primer chispazo de la muerte de él no viene de ningún partido político, ni facción política… ahora bien si le pidieron ayuda a gente que esté dentro de la vida militar que organizara el crimen, eso sí todo esto está presente en la causa que se ha presentado en el Vaticano.

Según escritos recientes, el Vaticano confirma, de forma unánime, que Monseñor Romero muere, es asesinado por odio a la fe. ¿Qué puede decir al respecto?
Ese es un término objetivo no subjetivo, es decir, odio a la fe no se pone hincapié en quién lo mató sino en qué sucedió, por ejemplo, yo tengo entendido por todas mis investigaciones que a quién estas señoras encargaron que hiciera eso fue a (Roberto) D´Aubuisson, pero él no fue quien puso la mano en el gatillo, ellos contrataron a alguien diferente, pero lo que pasa es lo siguiente: La muerte de Monseñor Romero sucede en un momento en el cual tanto la derecha como la izquierda lo habían amenazado, A fines del año 1979 yo recogí panfletos de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), en los que hacían un llamado a juicio a Monseñor, porque había apoyado la Reforma Agraria, y que los militares de la Junta no era revolucionaria sino reformista y contrainsurgente, es decir, que pedían un juicio popular en contra de él.
En ese entonces muchos católicos habían entrado a las FPL en la lucha armada, por eso le tenían una gran estima a Monseñor Romero, en mi opinión puedo decir, que ellos rodeaban a Monseñor en efecto, de cuido, sin que él se los pidiera, porque no quería y él mismo decía: “Yo no he pedido eso, ni quiero que lo hagan”, pero ellos siempre lo hacían, lo rodeaban cada paso que daba él. Pero cuando Monseñor dio el aval de la Reforma Agraria todos desaparecieron, lo dejaron al desamparo y dijo: “Ya estoy frito”, hablando en términos de San Lorenzo que lo martirizaron y lo pusieron sobre una parrilla.

Tomado de Diario Digital Contra Punto de El Salvador
Fragmentos de una entrevista
Realizada por Juan José Daltón
Publicada en diario digital
Contra Punto de El Salvador

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Esta entrada fue publicada el 1 junio 2015 por en Actualidad.
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