Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Las últimas horas de Monseñor Romero

El Padre óscar Romero fue ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942 en Roma.

El Padre óscar Romero fue ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942 en Roma.

Por la tarde Monseñor Romero fue al médico para que le mirasen la oreja y de allí fue a Santa Tecla a confesarse  con el padre Azcue. A las 17:30, estaba de vuelta al hospital para la Misa en sufragio de Sara de Pinto, la madre de un periodista amigo suyo dueño del periódico “El Independiente”.El último domingo de Cuaresma, de 1980, monseñor Romero había celebrado la Misa en la basílica del Sagrado Corazón -que por aquel entonces hacía de catedral de San Salvador – y su predicación duró casi dos horas, con el famoso llamamiento a los soldados para que no obedecieran órdenes contrarias a la ley de Dios, para que no asesinaran, para que pusieran fin a la represión.
En la reunión preparatoria de la homilía, el sábado, (costumbre que tenía Monseñor Romero para consultar y asesorarse sobre la prudencia de las palabras que después predicaría cada domingo) el  padre Fabián Amaya le había sugerido que dijera algo en ese sentido pero no imaginaba que Romero se lanzaría a un llamamiento tan solemne, que para los altos mandos militares era un grave acto subversivo.
Si, hipotéticamente, hubiera estado sujeto a los códigos militares, Romero habría podido ser declarado culpable de incitación a la insubordinación y podría haber sido condenado a ser fusilado. Probablemente dicho llamamiento precipitó el asesinato del arzobispo, planificado desde hacía tiempo.
La mañana del lunes 24 de marzo los autores del crimen vieron en los principales periódicos de San Salvador el aviso de la misa que Monseñor Romero iba a celebrar por la tarde, a las 17:30, en sufragio de Sara de Pinto, y decidieron pasar a la acción.
Ese mismo lunes por la mañana el prelado fue temprano, como siempre, a la Iglesia del hospital de la Divina Providencia, donde vivía, para rezar. Pasó brevemente por la curia diocesana y luego fue al mar con algunos sacerdotes del Opus Dei.
Eran momentos de reposo, de estudio y de familiaridad sacerdotal. Los organizaba Fernando Sáenz Lacalle, sacerdote de la Prelatura, que además asesoraba espiritualmente a  Romero, aunque su confesor era el anciano P. Azcué, Jesuita. Sáenz Lacalle fue años después obispo con el tiempo y llegó a suceder a Romero en la sede de San Salvador.
El retiro era en una playa a media hora de camino de San Salvador. Por un malentendido con el portero encontraron cerrada la casa con el jardín de palmeras. El lugar era encantador y silencioso.
Estudiaron un reciente documento de Juan Pablo II sobre el celibato y la formación en los seminarios que trajo Monseñor Romero y hablaron también de ayudas materiales al seminario y de los ornamentos de la Catedral.
Por la tarde Mons. Romero fue al médico para que le mirasen la oreja pues tenía una infección en el oído y de allí fue a Santa Tecla a confesarse  con el padre Azcue. En el automóvil fue hablando con el sacerdote que lo llevaba de un palco que habría que instalar para la solemne liturgia de Ramos, el domingo siguiente. A las 17:30, estaba de vuelta al hospital para la Misa en sufragio de Sara de Pinto, la madre de un periodista amigo suyo, Jorge Pinto hijo, dueño del periódico “El Independiente”. La Misa comenzó con retraso.
La homilía en memoria de Doña Sarita, como la llamaba Romero, no tuvo un contenido extraordinario. Era una Misa de tono familiar, en la Iglesia del hospital de la Divina Providencia, a la que asistieron también algunos enfermos terminales. Mons. Romero alabó a la difunta por haber gastado su vida por el prójimo, por la justicia, por la dignidad humana. Desarrolló el tema de la vida eterna en la que Doña Sarita, como todos aquellos que habían vivido según la esperanza cristiana, habría recuperado ‘’purificado”, “iluminado” y “transfigurado” todo el bien que había hecho en la tierra. Los méritos adquiridos en la vida terrenal serían premiados en el reino eterno de Cristo.
Aquel fue el Amén del prelado. Había hablado ante el altar y se dio la vuelta para tomar el corporal para empezar el ofertorio. En aquel momento se oyó un disparo proveniente de uno de los accesos a la Iglesia. Habían pasado poquísimos segundos desde el final de la homilía y Monseñor Romero cayó al lado del altar.
Los fieles, asustados, se tiraron al suelo unos segundos. Al ponerse de nuevo en pie, vieron que el arzobispo estaba boca arriba y se acercaron para prestarle ayuda. Monseñor Romero perdía sangre, estaba inerte, parecía haber perdido el sentido.
Un fotógrafo presente en la iglesia tomó algunas instantáneas. Las hermanas del hospital lloraban y el prelado fue cargado en un automóvil y llevado a la Policlínica Salvadoreña, donde murió poco después de llegar por hemorragia interna, unos veinte minutos después del disparo, después del cual ya no había recobrado el conocimiento. Tenía 62 años.
Mons. Romero fue liquidado por un asesino quien, desde el exterior de la capilla, ubicó un solo proyectil calibre 22 causándole la muerte como consecuencia de una profusa hemorragia. La bala era de fragmentación, no había alcanzado órganos vitales pero había explotado en el pecho. Poco antes, el prelado había dicho: “Aquí está el centro de nuestra vida, en la Eucaristía, y desde aquí Jesucristo nos hace real cada vez más la frase: ‘el que da su vida… para poderla transmitir a ese mundo tan necesitado, tan frio“ Un biógrafo del arzobispo escribió: “Son las seis y veinticinco de la tarde.., Doce años atrás, meditando sobre la muerte, monseñor Romero había escrito en sus apuntes espirituales una frase del Apocalipsis: ‘Y cenaré con él’. Normalmente el cenaba a las dieciocho y treinta. La tarde del 24 de marzo cenó con el Señor”. Mons. Romero no poseía nada, como herencia dejó apenas algunos libros.
Una religiosa que trabajaba en el Hospital de la Divina Providencia, afirma: ” Yo no estaba en la misa cuando lo mataron, pero sí estaba en la casa a la par de la Capilla. Ye llegué cuando ya estaba en el suelo y me incliné a él para ver si me respondía algo pero ya no contestó. Cuando ocurrió este, estaban presentes varias hermanas de la comunidad y otras personas” Por último, un testigo explica: “Allí en esa misma capilla fue donde hacia las 6.25 de la tarde, un francotirador que era conducido presuntamente en un automóvil Wolkswagen rojo, disparó una bala certera que iba dirigida al corazón de Mons. Romero, el cual se desplomó en el momento en el que ofrecía el vino y el pan ante la mirada atónita de la comunidad de religiosas, de los enfermitos y familiares de la difunta. Todo esto ocurrió el lunes 24 de marzo de 1980”.
Años después San Juan Pablo II instituyó, para ser celebrada el 24 de marzo de cada año en memoria de Mons. Romero -al que tanto había apreciado-, la jornada de oración y recuerdo de los misioneros que mueren asesinados anualmente en el mundo entero. El mismo Papa, en su visita a El Salvador en 1983, en el recorrido desde el aeropuerto de Ilopango hasta Metrocentro, pidió que se modificara el itinerario del automóvil que lo llevaba; así, en vez de ir hacia el templete lo llevaron por sorpresa a la catedral metropolitana a visitar la cripta de Romero, en contra de las recomendaciones del gobierno salvadoreño, que había querido a toda costa evitar tal posibilidad. Lo llevaron por calles desiertas pues tal itinerario no estaba previsto, y cuando llegaron a la catedral, ésta estaba cerrada. Tuvo que esperar el Papa unos minutos hasta que alguien trajo la llave y por fin pudo entrar el Pontífice al templo donde oró en silencio la tumba del prelado mártir.

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Esta entrada fue publicada el 1 junio 2015 por en Actualidad.
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