Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía del Domingo 12 de Abril de 2015

P3homilia

Homilía del Señor Arzobispo para el II Domingo de Pascua
“Paz a Ustedes”
Estas son las primeras  palabras de Jesús Resucitado a los primeros discípulos.  Son  también para nosotros hoy.  Paz a ustedes. La paz que Jesús nos ofrece no es la paz que ofrece el mundo. Es una paz interior que brota de su presencia. Jesús viene a sus discípulos y se da a ellos revelando a cada uno todo su amor: Paz a ustedes. “Al anochecer de aquel día” (Jn. 20, 19-31). La oscuridad y el miedo envolvían a aquellos que habían creído y habían seguido a Jesús. ¡Qué desilusión! Les quedaba la tristeza y el miedo a las autoridades judías. Ese miedo fue lo que hizo cerrar todas las puertas, “atrancar las puertas”…  El miedo nos cierra  a la vida,  a Jesús Resucitado,  que es la vida ofrecida siempre. El miedo es el mayor enemigo de la vida… El miedo nos atenaza. En el fondo de la mayor parte de nuestras dificultades personales y relacionales ¿no está el miedo?  El miedo nos paraliza y nos cierra a una verdadera  transformación, generando en nosotros sistemas defensivos que nos impiden relacionarnos bien con nosotros mismos y con los otros.
“Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo”. Lo primero que se pone de relieve es la situación de la comunidad después de la muerte de Jesús: Esta expresión  manifiesta el miedo y la inseguridad en que vivían los discípulos, que no tenían todavía  la experiencia interior de Jesús Resucitado. Se encuentran encerrados y el miedo, tal vez, les obligó a reunirse y a compartir su incertidumbre…  ¿acaso, cuando tenemos miedo no nos ocultamos también nosotros detrás de las puertas cerradas de nuestro corazón, incapaces de salir fuera de nosotros mismos?
“Y en esto entró Jesús y se puso en medio”… Entró Jesús y la noche se convirtió en día, entró Jesús y les liberó del miedo y de la angustia. Ante su Presencia, los desencantados recuperan la esperanza… También dice que Jesús “se puso en medio”, es decir, en el centro de la comunidad. Toda comunidad se hace en referencia a Jesús. Jesús, Resucitado, es el centro de toda comunidad y el centro de nuestra vida. ¿Somos conscientes de que Cristo Resucitado es el centro de nuestra vida?
“Jesús les dijo: paz a ustedes”. ”. Es como si les dijera: dejad ya tus miedos, tus sueños rotos, deja de dar vueltas a tus debilidades, deja de recordar la violencia de la pasión… deja el negativismo, los sentimientos de culpa, deja ya tus tristezas… “Paz a ustedes”… Jesús no les critica ni les juzga por sus miedos y sus momentos de infidelidad, no les hace ningún reproche ni les hace sentirse culpables sólo les dice “Paz a ustedes”: Sólo la certeza de su presencia viva puede llevarnos a la paz. Sí, Él es el camino que nos lleva a la paz.
A partir de ahora permanezcan en la paz… en cualquier situación, en cualquier circunstancia, aunque sea difícil, permanezcan en la paz. Nada podrá destruir mi amor por ustedes, eso es lo que les hará permanecer en pie y en la paz.
“Y les enseñó las manos y el costado”. Las manos de Jesús son las manos que nos dan seguridad. Las manos representan su actividad liberadora. También les enseñó el costado… Sí, les enseñó también el costado abierto, que es el símbolo del amor sin límites.
“Ellos se llenaron de alegría al ver al Señor”.El encuentro con el Resucitado es una experiencia de alegría ¿Qué me queda de esa alegría? ¿Quién, sino Él, puede llenar nuestro corazón de alegría ?Y repitió de nuevo: “Paz a ustedes”…Este segundo saludo de paz, es para darles seguridad en la misión. Paz en medio de las dificultades que van a encontrar en su misión. “Como el Padre me ha enviado, así les envío yo”. La misión es para todo discípulo y discípula de Jesús, todos estamos llamados a ser presencia de Jesús en el mundo y liberar a las gentes de las barreras del miedo y del desamor. Todos estamos llamados a convertirnos en Fuente de Vida para otros.
“Exhaló su aliento sobre ellos… Reciban  el Espíritu Santo”. Es un gesto impresionante: Es la fuerza de la vida,  el signo de la nueva creación y el envío a anunciar esta vida, el perdón y la paz para todo el mundo.
Por último, tenemos un problema, es el caso de Tomás. Era un caso difícil… Dice el texto que no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Tomás andaba más desesperanzado y se había apartado de la comunidad. Había puesto en marcha un mecanismo de huida, de evasión ante la frustración. Se había encerrado, además, en un funcionamiento cerebral: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creo”. Y la vida, la belleza, el amor, no se puede percibir con la cabeza, sino desde el interior. ¿No llevo también un Tomás dentro de mí que se resiste a confiar?
Por eso Jesús usa con él, como una terapia de choque diciéndole: “Aquí tienes mis manos… y trae tu mano y métela en mi costado”. Resulta conmovedor ver como Jesús acepta a Tomás tal como es y le permite introducir la mano en su costado y en sus manos. Y allí superó Tomás todas sus dudas, todas sus actitudes pragmáticas y racionalistas. Por eso, cae de rodillas balbuciendo: “Señor mío y Dios mío”. Tomás da el paso definitivo a la confianza, se abandona, se rinde. ¿Puedo dar hoy ese paso a la confianza como Tomás? Tomás, abierto de par en par a Aquél que es la vida, adora a Jesús y le dice: “Señor mío y Dios mío”. Sólo la dulce presencia del Resucitado puede hacer superar su falta de fe.  Postrado ante Él se convierte en el gran creyente pronunciando la mejor expresión de fe que aparece en el Evangelio: “Señor mío y Dios mío”.
En este día nuestra oración puede ser, la misma de Tomás.  Arrodillándonos interiormente, decirle a Jesús Resucitado: “Señor mío y Dios mío”. Tú, Señor Resucitado, eres más fuerte que nuestras resistencias. Te haces presente en medio de nosotros con nuestras dificultades y nos ofreces  tu  paz y tu alegría.

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Esta entrada fue publicada el 10 abril 2015 por en Homilias.
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