Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Construyamos el valor de la sinceridad

Monseñor Luis Solé, Obispo de la Diócesis de Trujillo.

Monseñor Luis Solé, Obispo de la Diócesis de Trujillo.

No cabe, pues, en nosotros ni la hipocresía, ni el fingimiento, ni la doblez, ni las medias verdades; y mucho menos las mentiras aunque las queramos justificar por ser “piadosas”.En el año 2014, invité a los fieles de la diócesis de Trujillo a reflexionar acerca del valor de la verdad.   En este año 2015 les propongo reflexionar sobre la actitud de la sinceridad.
Cuando el valor de la verdad se convierte en el horizonte y la fuente de inspiración de una persona, en su conciencia brota la exigencia de ser sincera con las demás personas y consigo misma.  La palabra “sincero”, según su etimología, significa “puro”,  “limpio”.Incluso si nos mueve el deseo de buscar la verdad, de vivir en la verdad, de decir la verdad, sabemos, sin embargo, que no podemos estar absolutamente seguros de conocerla y de poseerla debido a nuestra condición humana y sus limitaciones.  Entonces, lo más cercano a la verdad, es la sinceridad.  Con ella no estamos garantizando de forma  absoluta que lo que pensamos y decimos sea la pura verdad, pero sí garantizamos que lo que pensamos y hablamos lo hacemos con el deseo de que corresponda a la verdad.   La sinceridad es la expresión de la pureza y la nitidez con que queremos vivir, pensar, actuar y hablar de acuerdo a la verdad.

FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA SINCERIDAD
El salmista se siente con el derecho de pedirle al Señor ser escuchado <<pues no hay engaño en mis labios>> (Sal 17, 1). San Pablo desea ser escuchado por los cristianos de Roma: <<Quiero hablarles de Cristo; todo seráverdad y no miento, tal como mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo>> (Rm 9, 1).   También con toda sinceridad se dirige Pablo a los de Corinto: <<siempre digo las cosas como son…>>(2 Cor 7, 14)
De Jesús, aquel que es la verdad, aprendemos a fundamentar toda relación personal en la sinceridad.  Él nos manda: <<Digan sí cuando es sí, y no cuando es no…>> (Mt 5, 37a)  Y es que para poder ser fieles a cada “sí” o a cada “no” que damos, hay que darlo con sinceridad.
También aprendemos la sinceridad en María, la Madre del Señor; ella no da un si a la ligera, por quedar bien o por pena a decir que no.  Antes de dar el si a Dios, María le pregunta al Ángel para asegurarse de que lo que se le pide viene de Dios, y de que ella será capaz de mantener ese si con toda fidelidad a lo largo de su vida.  (Cf. Lc 1, 26 – 38)
La sinceridad es condición indispensable para vivir la fidelidad.   Por eso se exige total sinceridad en quienes van a contraer matrimonio a fin de que puedan vivir su amor en fidelidad. Y lo mismo se les pide a quienes quieren consagrar toda su vida al Señor. ¿Hemos sido sinceros al darles un sí a  Dios y a la Iglesia?¿Somos sinceros cuando damos un sí o un no a los demás?
Jesús nos advierte de que todo “sí” o todo “no”, es decir, toda respuesta o compromiso que no sea sincero, lleva consigo el sello de la maldad: <<cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio>> (Mt 5, 37 b)Y la carta de Santiago se hace eco de esta enseñanza de Jesús: <<que su sí sea sí y su no, no; de otro modo serán reprensibles>>  (Stg 5, 12 b)
La sinceridad, que excluye la mentira, tiene su razón y posibilidad de ser en el hecho de que estamos llamados a revestirnos del hombre nuevo: <<No se mientan unos a otros. Ustedes se despojaron del hombre viejo y de su manera de vivir para revestirse del hombre nuevo, que se va siempre renovando y progresa hacia el conocimiento verdadero, conforme a la imagen de Dios, suCreador>> (Col 3, 9 – 10)
No cabe, pues, en nosotros ni la hipocresía, ni el fingimiento, ni la doblez, ni las medias verdades; y mucho menos las mentiras aunque las queramos justificar por ser “piadosas”.

PARA VIVIR LA SINCERIDAD
Tenemos dos fortalezas para vivir la sinceridad: la que nos da el Señor y la que procede de ser miembros de la Iglesia.
Ante todo, la presencia del Señor en nosotros, por medio de su Espíritu Santo, que <<viene en auxilio de nuestra debilidad>> (Rm 8, 26).   Para que el Espíritu pueda actuar en nuestro interior ayudándonos a vivir la sinceridad, es necesario que valoremos esta virtud y la aprendamos de Jesús.  Cuando no es el Espíritu del Señor quien nos guía, podemos caer presos de intereses que nos alejan de la verdad, porque <<donde esté el Espíritu del Señor, allí está la libertad>>  (2 Cor 3, 17)  Si el Señor nos aseguró que <<la verdad les hará libres>> (Jn 8, 32) podemos estar seguros, también, de que siendo sinceros seremos más libres.
También la Comunidad eclesial, a la que debemos respetar por ser miembros de ese Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, nos ayuda y nos exige vivir en sinceridad unos con otros.  <<Por eso, no más mentiras: que todos digan la verdad a su prójimo, ya que todos somos parte del mismo cuerpo>> (Ef 4, 25)   La Biblia de Jerusalén traduce: <<pues somos miembros los unos de los otros>>   La falta de sinceridad destruye las relaciones de la comunión eclesial, y nos incapacita para poder ser “testigos de la verdad”.

COMPROMISO
Exhorto a todos los fieles a esforzarnos en vivir la sinceridad como una tarea inherente al seguimiento de Cristo.   ¿En verdad creemos que podemos  ser discípulos misioneros de Cristo si no somos auténticamente sinceros?   Seamos capaces de reconocer todas las consecuencias negativas que trae consigo el no ser sinceros.  Revisemos el daño que se hace cuando no hay sinceridad, las amistades que se pierden por falta de sinceridad, la ayuda que no damos porque nos falta el valor de ser sinceros.
Pido a todos y todas que reflexionemos seriamente, y por todos los medios posibles,  esta virtud de la sinceridad y le pidamos al Señor nos la conceda.
En la fiesta de nuestra Señora de Lourdes, “Salud de los Enfermos” pidamos a nuestra Madre que nos libere de la enfermedad de no ser sinceros.

Luis Solé Fa
Obispo de la Diócesis de Trujillo

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Esta entrada fue publicada el 23 febrero 2015 por en Diócesis, Trujillo.
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