Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

La Eucaristía

Cuerpo-y-Sangre-de-Cristo
Wilman Antonio Pérez
IV teología
Diócesis de Santa Rosa de Copán.
Todo cristiano bautizado debe caracterizarse por creer plena y profundamente que la Eucaristía es un sacramento, instituido por Nuestro Señor Jesucristo como sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre. Así se encuentra plasmado en uno de los relatos más antiguos de la “Cena del Señor”, “que la noche, en que era entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Así mismo tomó el cáliz después de cenar y dijo: esta copa es la nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía. Pues cada vez que comáis este pan y bebáis de este vino, hacedlo en memoria mía”. (1 Cor 11, 23-27).
Eso es lo que se celebra en la asamblea litúrgica cuando el sacerdote preside la santa Misa, la fe lleva a creer fielmente que en ese momento actúa como otro Cristo y hace presente en las especies del vino y del pan el cuerpo y la sangre del Señor. No es simplemente un recordatorio de aquel acontecimiento sin más, sino la mera  actualización de éste, en donde la asamblea puede comer sin ninguna vacilación el cuerpo del Señor y beber con toda seguridad su sangre.
Sin lugar a duda que este es el sacramento por excelencia que posee la Iglesia católica, y que está encaminado a la santificación de todos los hombres, a la edificación del cuerpo de Cristo y a dar culto a Dios, que alimenta nuestra fe; de la misma manera confiere la gracia y prepara a los fieles para recibir la gracia. La Eucaristía es el centro de la vida cristiana  donde se actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz.
Claro está, que se necesita una consciente participación de la asamblea, según ha recordado la Carta apostólica del Papa Juan Pablo II sobre la santificación del domingo  (Dies Domini) al decir: la Eucaristía es la  “principal manifestación de la Iglesia y tiene lugar en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, en una misma oración”.  El Concilio Vaticano II además de lo mencionado, dice que debe ser “una  participación consciente”. En la Eucaristía, banquete por excelencia “se hace real, sustancial y duradera la presencia del Señor Resucitado a través del memorial de su Pasión y Resurrección, y se ofrece el Pan de vida que es prenda de la gloria futura”. (Dies Domini). Y presencia real del Reino presente.
Cristo entregó a la Iglesia este sacrificio de la cena pascual  para que los fieles  participen de manera efectiva en la dimensión espiritual por medio de una fe profunda, la cual debe llevar a quienes han comprendido el misterio sacramental a la caridad con los demás, habiendo entendido este banquete de manera sacramental para conducir a la asamblea a la participación de la sagrada comunión. Un elemento fundamental que no debe faltar en quienes participan del banquete Eucarístico, es una clara conciencia de la comunión íntima con Cristo y con los hermanos. Ya que “la participación en la Cena del Señor es siempre comunión con Cristo que se ofrece en sacrificio al Padre por nosotros” (Dies Domini).
La Eucaristía es sacramento que alimenta y da fortaleza a quien participa de manera activa, consciente y plenamente de ella; es una fortaleza que da el mismo Cristo Resucitado, además una sabiduría que sólo la puede dar el Espíritu Santo. Ahora bien, quienes han comprendido lo sucedido en este magno acontecimiento celebrado, saben que esto no debe quedarse sólo en una vivencia y contemplación en el templo, sino que todos los fieles deben  ser conscientes que están capacitados para afrontar las ocupaciones de la vida ordinaria.
Con la ayuda del Espíritu del Resucitado, todo bautizado está llamado a dar a conocer lo sucedido en todas las situaciones de la vida, a transmitir la Buena Nueva a quienes no han tenido la oportunidad de poder conocerla, ni han podido participar de lo más sublime y grandioso que tenemos que es el  banquete Eucarístico, y una forma concreta para poderlo hacer, es testimoniando lo que hemos celebrado y vivido en este sacramento de amor que nos une de una manera definitiva y actual a Cristo.

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Esta entrada fue publicada el 24 junio 2014 por en Ecos del Seminario.
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