Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

La hora del Espíritu Santo

Mario-Alonso-Ecos-Seminario
Los siete dones
Mario Alonso Luque Vásquez
IV teología, Arquidiócesis de Tegucigalpa
El ser humano pareciera estar siempre necesitado de una fuerza que le acompañe, que le anime o que le estimule ante los retos que se le presentan en la cotidianidad. Esta fuerza muchas veces es concreta en los seres queridos, o simplemente en el  amigo oportuno en los momentos difíciles. Y ¿Qué sucede cuando esta fuerza de estos seres queridos con los que contamos, nos abandonan y nos colocan en el entorno de la ausencia? ¿Acaso la distancia es no presencia? ¿Será que todo se determina por lo palpable y nos volvemos incrédulos de las promesas, de los recuerdos y del camino incluso que se ha recorrido y hemos salido adelante?.
La experiencia de la pascua con el pasar de cada peldaño llevándonos hasta la Ascención de nuestro Señor Jesucristo, pareciera a este punto dejarnos caer ante el nuevo camino que ahora nos toca aparentemente “andar solos”. El hecho de avanzar sin Cristo que represento la motivación, el deseo de cambio, convertir la alfombra del resucitado ahora en un camino áspero donde rosamos la textura de “imposible continuar”, se vuelve de esta manera un final con una escena de fracaso. Si hemos creído en Cristo también creeremos en su promesa; el creyente ahora hace suya la invitación del libro del apocalipsis (22,20) “ven señor Jesús”.
“Ven Señor Jesús”, ahora en la persona del Espíritu Santo; exclamación espiritual que sin duda refleja la necesidad de tomar de esa fuente de la promesa de Cristo,  los siete dones del Espíritu Santo que completan nuestro itinerario existencial y llevan a su perfección las virtudes que plenifican nuestra relación con Dios y con los demás.
En la supuesta ausencia, el  camino que se muestra a veces de desanimo y de opacidad de la fe, clamemos Espíritu Santo para que nos inspire (Mateo 10, 19 ss; Juan 3, 8), nos enseñe (Juan 14, 26), nos guíe (Juan 16, 13), nos consuele (Juan 14, 16), nos santifique (Romanos 15, 16), y nos vivifique (Romanos 8, 11). Con justa razón Jesús lo llama “el  Paráclito” (Juan 14, 16) es decir, el abogado, el que nos enseña, nos  ayuda y orienta. El que se pone de nuestro lado ante la opresión de los incrédulos y de los aniquilantés de la fe.
Todos necesitamos esta experiencia espiritual, de renovación de lo que hemos creído y lo que creeremos firmemente, por eso pidamos el don de inteligencia que nos haga descubrir con mayor claridad las riquezas de la fe. El don de ciencia para nos lleva a juzgar con rectitud las cosas creadas y a mantener nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida que nos lleve a Él. El don de sabiduría para que nos haga comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas y en medio de nuestro trabajo y nuestras obligaciones. El don de consejo que nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria, nos anime a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás. El don de piedad para que  nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre. El don de fortaleza que nos aliente continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios. El temor para que nos induzca a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentación, a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo, a temer radicalmente separarnos de Aquél a quien amamos y constituye nuestra razón de ser y vivir.
Antes de ver el fracaso o vestirnos de tristeza ante la partida de nuestro Señor Jesucristo, tomemos el reloj espiritual y démonos cuenta que  no es hora del miedo y la soledad, no es el tiempo de la dispersión, no  es el momento de hacer los caminos en solitario, no es la época de la uniformidad, no es el instante de la pregunta sin salida, no son días de desesperar, es la hora del Espíritu. Es la hora de la comunión,  es el tiempo de la verdad, es la llegada de la libertad, es la hora de quienes tienen oídos para oír,  es el tiempo de los que adoran en espíritu y verdad, es el tiempo de los que creen y esperan, es el tiempo para los que se quieren nacer de nuevo. Es  la hora cuando todo es posible. Es ahora cuando el reino está en marcha. Es ahora cuando merece la pena no volverse atrás. Es el momento de gritar  nuestra fuera el Señor…es tiempo del Espíritu Santo.

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Esta entrada fue publicada el 6 junio 2014 por en Ecos del Seminario.
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