Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Lo reconocemos al partir el pan

Ecos-Seminario
Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. (Lc. 24, 30-31a)

Por Aaron Emir
Alvarado Flores
I de Teología
Diócesis de La Ceiba.
Quisiera detenerme junto a ustedes en una simple reflexión sobre un hecho que, de suyo, se encarna en la centralidad de nuestra fe. Hablo de la presencia de Cristo en la Eucaristía. Cristo que se hace presente en su Iglesia de diversas maneras. “Sobre todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas” (SC 7), de forma verdadera, real y substancial y, por lo tanto, es Cristo entero quien ahí está contenido. (Cfr. CIC 1373-1374).
Mi objetivo no es profundizar sobre los elementos que sustentan, quizá, racionalmente lo que por fe –sin ser menos real que lo racional– asumimos como verdadero. Es decir, ¡sí creemos que Cristo está presente en la Eucaristía! Sin embargo, ¿de qué hablar al referirnos al pasaje evangélico que nos narra lo ocurrido a los discípulos de Emaús? Pues justamente de Cristo. Pero, ¿qué Cristo?
Ciertamente todos poseemos un cimiento religioso que nos hace vivir la experiencia de Dios; sin embargo, nuestra imagen de Dios, de Jesús no necesariamente corresponden a lo que debería ser. Esto propicia prácticas desvinculadas de la fe y del compromiso transformador que implica el seguimiento de Jesús.
Ahora, el texto nos habla que los discípulos fueron capaces de ‘reconocer’ a Jesús, a su Maestro al partir el pan. Pero nosotros en la fracción del pan, ¿a quién vemos?, ¿qué implicancias tiene eso para nuestra vida?, ¿cómo llegamos, entonces, a descubrir al Dios de Jesús?
Quizá todos hemos respondido, al unísono, a la primera pregunta: ¡A Cristo! Y sí, es a Cristo a quien deberíamos descubrir en la Eucaristía, no obstante la práctica pastoral, el modo en que yo vivo y expreso mi fe nos suele delatar y descubrir, más bien, a una imagen de Cristo distorsionada  por una serie de condicionamientos que, por otro lado, responden a los interés egoístas que guardamos en nuestra relación con Dios. Es decir, el cristo a quien yo descubro en la Eucaristía es aquel que Nos hemos fabricado a nuestra medida, aquel que sólo  responde a mis intereses, aquel que no espera de mí un compromiso serio e incidente en mi comunidad, en la sociedad ni en el país. Es un cristo creado a Mí imagen y semejanza. Tremenda paradoja.
Desde una lógica simple: si mi imagen de Cristo es errónea, falsa, inestable… ¿cómo y en qué se funda mi caminar como cristiano? Pablo llegó a afirmar: “yo ya no vivo, pero Cristo vive en mí” (Gal. 2,20), es decir que Cristo se convirtió, para él, en la medida y razón de todas sus acciones. Alarmante nos resulta esa afirmación de Pablo cuando el que debería ser esa ‘medida y razón’ es falso en nosotros. Mi vida comienza, entonces, a perder su estabilidad. Cristo no es el centro, por lo menos no el Cristo a quien Pablo proclamaba, ni a quien descubrieron los discípulos de Emaús. Comienzan a surgir las crisis en nuestra vida: ya nada nos satisface, no tenemos claras nuestras metas; nuestra identidad de Hijos de Dios se difumina detrás de los grandes paradigmas que nos propone la sociedad y nos estancan, más bien, en la rutina asfixiante de una vida sin sentido…
¿Pero qué hacer? Volver a Jesús, encontrarnos con Él  realmente, y en el Él, a Dios. El Dios de Jesús es Aquel que ama, que se deja estremecer por los dolores de su Pueblo. Los discípulos de Emaús fueron capaces de descubrir a Cristo que se hace presente en la Eucaristía, pero también a Aquel Compañero de Camino. El Dios de Jesús es un Dios cercano, amigo. Es un Dios a quien sí le interesa la vida. No es un Dios mudo ni sordo. Es aquel Dios a quien le reconocemos al partir el pan.
Caminemos con la mirada puesta en Jesús que se hace presente en su comunidad. Nuestra esperanza es sabernos acompañados por un Dios a quien le importo. Encontremos en la Eucaristía, como en el caminar de la Iglesia comunidad de comunidades, el rostro amante de quien ha vencido la muerte y decidió apostar por sus hijos, por nosotros. ¡Optemos siempre por Cristo!

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Esta entrada fue publicada el 5 mayo 2014 por en Ecos del Seminario.
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