Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía 23 Mayo 2010

Homilía del Señor Cardenal para el Domingo de la Solemnidad de Pentecostés
Espíritu Santo, don del Amor del Padre y el Hijo

Queridas hermanas y hermanos:
“Pentecostés”, en griego, significa “día quincuagésimo”.  El cincuenta es un número que ya los judíos tenían asimilado desde siglos, como símbolo de plenitud: una semana de semanas, siete por siete más uno.
Para el pueblo judío esta fiesta coincidía con el recuerdo de la Alianza que selló con Yahvéh en el monte Sinaí, guiados por Moisés, a los cincuenta días de su salida de Egipto.
Los cristianos celebramos en esta cincuentena, después de la Pascua de la Resurrección de Jesús, su donación del Espíritu a la comunidad apostólica, precisamente a los cincuenta días.
El texto que hemos escuchado del libro de los Hechos de los Apóstoles es continuación de lo que leíamos el domingo pasado, con el episodio de la Ascensión, y nos narra el gran acontecimiento que supuso para la primera comunidad la venida del Espíritu.
Lo describe San Lucas con el lenguaje de la teofanía del Sinaí: estando todos reunidos, bajó sobre ellos el Espíritu con viento recio, ruido y lenguas de fuego.  El primer efecto del don del Espíritu es que empezaron a hablar en lenguas y, además cada uno de los oyentes, que en aquellos días eran muy numerosos en Jerusalém, les oía hablar en su propia lengua.
El Salmo es de alabanza y entusiasmo: “bendice alma mía al Señor…Dios mío, qué grande eres…gloria a Dios para siempre”.
Como antífona se nos hace repetir una frase con clara visión del Nuevo Testamento: “envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”.
No es de extrañar que sea éste el mismo Salmo que, en la Vigilia Pascual cantamos después de la lectura de la Creación en el Génesis; el Espíritu que ya aleteaba sobre las aguas primordiales, “renueva ahora la faz de la tierra” con la Pascua de Cristo.
San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, describe  los dones y carismas tan variados que hay en una comunidad.  San Pablo atribuye todos esos dones al único Espíritu que es el que tiene que mantener unida a la comunidad.  Todos formamos un solo cuerpo en Cristo, hemos sido bautizados en el mismo Espíritu, y por lo tanto, la diversidad de dones no tiene que romper la unidad.
Antes del Evangelio recitamos o cantamos la Secuencia de este día, “Veni sancte espiritus”, una antigua composición poética que es una oración muy sentida dirigida al Espíritu Santo: “Ven espíritu divino…don en tus dones espléndido…dulce huésped del agua…riega a la tierra en sequía, sana el corazón enfermo…danos tu gozo eterno”.
Para el evangelista San Juan, la donación del Espíritu no parece haber tenido lugar a los cincuenta días de la Resurrección del Señor, sino el mismo día de la Pascua, poniendo de relieve, por tanto, la unidad de todo el misterio de la glorificación del Señor y el  envío de su Espíritu.
En síntesis, el centro de los textos es, naturalmente, el acontecimiento de Pentecostés.  La primera comunidad recibe de su Señor, como se lo había prometido, el mejor don: su Espíritu Santo, plenitud y complemento de la Pascua.  El mismo que resucitó a Jesús es el que ahora despierta, vivifica  y resucita la comunidad y la llena de insospechada valentía para la misión que tiene encomendada.
El Espíritu obra así: llena por dentro y lanza hacia afuera; “se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar”.
Podríamos apuntar que esa donación del Espíritu señala algunos elementos que es preciso subrayar y que acompañan a nuestra meditación de este día.
Ante todo, el Espíritu es la plenitud de la Pascua: “para llevar a plenitud el Misterio Pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos tuyos por su participación en Cristo”.
En segundo lugar, el Espíritu es quien anima y  da vida a la comunidad.
“Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente” o como dice la Oración Colecta: “por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones”.
Finalmente, también es quien actúa, con una proyección misionera y universal, el proyecto de salvación: “el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos, que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas.
En efecto, lo que ha hecho el Espíritu en la historita lo sigue haciendo hoy en el mundo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros.
Es Él quien hace florecer tantas comunidades cristianas llenas de fuerza y anima a tantos movimientos y renueva su Iglesia en tantos aspectos.
El Espíritu de la verdad sigue influyendo para que esté renovando  en profundidad la Teología, la comprensión del misterio de Cristo.
Él sigue inspirando nuestra oración y guiando a la Iglesia a renovar la celebración litúrgica, la oración personal y un conocimiento más espiritual y profundo de la Palabra de Dios.
Él, el Espíritu del amor, suscita y sostiene tantos ejemplos de amor, de sacrificio y compromiso de los cristianos en el mundo, a veces hasta el martirio, en defensa de la justicia o de la vida o de la verdad.
Él, que en Pentecostés unió a los que “hablaban en lenguas diferentes”, es quien promueve también hoy iniciativas de unidad interna y ecuménica, en línea con la Carta a los Corintios…
También hoy, cerrando la primera década  del siglo XXI, tenemos motivos, cada vez más claros, para renovar nuestra profesión de fe: “Creo en el Espíritu Santo, creador y dador de vida”.
Debemos alegrarnos por este don de Dios, plenitud de la Pascua.  En nuestra oración solemos pedir a Dios paz, justicia, salud, libertad, buenas cosechas del campo, éxito de nuestras empresas, y Dios nos da…su Espíritu que es lo mejor, el que nos da la verdadera paz, libertad y éxito.
El que ha sido lleno del Espíritu, ya desde el Bautismo, tiene que vivir, como ha dicho San Pablo, según el Espíritu y no según la carne.
San Pablo contrapone los criterios y la fuerza de Dios, por una parte vivir en el Espíritu los criterios y los recursos meramente humanos.
Por otra, vivir según la carne; si vivimos conforme a la carne, vamos directo a la muerte. Si vivimos según el Espíritu, a la vida.
Si tenemos dudas de que sea posible vivir conforme a la mentalidad divina en este mundo, San Pablo se atreve a hacer una afirmación fundamental para los que hemos celebrado la Pascua de Cristo durante siete semanas: “el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos…vivificará también vuestros cuerpos mortales”.
Vivir como renacidos por el Espíritu es nuestra tarea de hoy y de siempre.  Configurar nuestro proceder con la inspiración del Espíritu de Dios que nos continúa hablando a nuestra conciencia y en los acontecimientos de cada día.
La misma mano poderosa de Dios que sacó a Jesús de entre los muertos puede hacer que también nuestra persona, o nuestra comunidad, a pesar de ser débil y pecadora, sea transformada en luz y gracia.
Ya sería un buen fruto de nuestras siete semanas de Pascua si de ellas saliéramos  con esta convicción, de que somos hijos en la familia de Dios, y dijéramos en verdad, aunque sea una sola vez al día, movidos desde dentro por el Espíritu: “Abba Padre”.  Se tendría que llenar de alegría todo nuestro ser y sentirnos estimulados a vivir un estilo de vida según el Plan de Dios.
El Espíritu es quien actúa cada vez en los Sacramentos.  En las Lecturas de hoy se nombra explícitamente al Espíritu en relación con el Bautismo en la Carta a los Corintios y a la penitencia en el Evangelio.
De modo particular en la Eucaristía invocamos su venida dos veces: sobre los dones del Pan y del Vino, para que ellos se transformen en el Cuerpo y Sangre del Resucitado; y luego sobre la comunidad que va a participar en estos dones, para que también ella quede transformada en el Cuerpo único y sin división de Cristo Jesús.
Esta segunda invocación es claramente “pentecostal”: lo que sucedió a aquella primera comunidad cuando bajó sobre ella la fuerza del Espíritu es lo que  tendría que suceder a cada una de las nuestras cuando participa en la Eucaristía.

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Esta entrada fue publicada el 21 mayo 2010 por en Homilias.
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