Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Diálogos Fe y Razón

Reconocimiento

Carlos E. Echeverría C.
carlosecheverriac@gmail.com

En los primeros cien días de la actual administración gubernamental, se ha escuchado hasta la saciedad la palabra reconocimiento, para referirse a un tema de la más alta importancia y prioridad;  tanta, que ha parecido imponerse a veces a otros aspectos fundamentales de la vida nacional, como son, por ejemplo, el empleo, la pobreza, o la convivencia pacífica.
Reconocer, de manera general, equivale a identificar, volver a aceptar o volver a conocer a alguien o a algo. En el caso citado, volver a aceptar la plena vigencia de Honduras como Estado con plenos Derechos, por parte de la comunidad internacional o de algunos de los Estados que la integran.  En esta materia, y en todas las demás, hay tres elementos concurrentes que deben tomarse en cuenta: el  reconocedor, que es quien decide aceptar o no al otro; el reconocido, que es el beneficiario del acto de reconocimiento, y  lo reconocido, que es el conjunto de características reconocidas.
Este ejemplo de nuestra cotidianidad actual ilustra de manera muy clara una operación esencial que realizan todas las ciencias, como parte de sus procedimientos. El reconocimiento es un proceso de identificación.  Cuando el médico reconoce a un paciente lo examina, lo ausculta, para identificar su estado de salud o, en su caso, identificar la enfermedad de que padece y el tratamiento necesario para la recuperación de la salud. En laboratorios de química, de microbiología y tantos otros, el trabajo específico que se realiza consiste en reconocer la presencia de determinadas sustancias, gracias a las características que le son propias. De modo semejante, el biólogo trata de averiguar si determinado espécimen animal o vegetal debe ser o no reconocido como una especie nueva. Y algo similar realiza el geólogo al identificar las diferentes rocas y tierras presentes en un estrato.
En el ámbito de las ciencias sociales, sucede otro tanto. Es posible reconocer o no una democracia por la organización de su Estado y el comportamiento efectivo de sus gobernantes. Como se ve, el reconocimiento no depende únicamente de la voluntad de quien quiere ser reconocido, sino de que, por una parte,  posea o no las características asociadas a lo que se tiene que reconocer, y que, por otra,  se encuentre quien objetivamente concuerde en ello. Y acá volvemos al tema de la contaminación de la verdad por razones ideológicas, cuando se discuten los temas de ciencias sociales. Recordemos que las ideologías, a diferencia de la Ciencia o la Filosofía, no trabajan al servicio de verdades objetivas, sino al servicio de intereses de grupo.
En las relaciones interpersonales el reconocimiento es de medular importancia: el reconocimiento mutuo de padres e hijos, no únicamente por razones biológicas, sino ante todo afectivas; el reconocimiento del amigo, porque es amigo, independientemente de sus características psíquicas o somáticas; o el reconocimiento a nuestros méritos y esfuerzos en el mundo laboral.  Todos necesitamos ser reconocidos. Y afortunadamente, el Derecho Internacional, que ha evolucionado –se quiera o no reconocer así- bajo inspiración del Evangelio, postula el reconocimiento universal de los Derechos asociados a la persona humana.
Para el cristiano, científico o no, es importante ser reconocido como tal. Y el Señor Jesús da las características y condiciones: “En esto reconocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13, 35).   La invitación a obedecer los mandamientos, escuchar su Palabra, hacer su voluntad y dar frutos, es radical, es decir, no opcional: “A quien me reconozca ante los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me desconozca ante los hombres, yo también le desconoceré ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33).

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Esta entrada fue publicada el 17 mayo 2010 por en Diálogos Fe y Razón, Punto de Vista.
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