Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía


Homilía del Señor  Arzobispo para el XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

“No te digo que le perdones siete veces, sino hasta setenta veces siete”

Un aspecto importante en la vida de toda comunidad, familiar, eclesial o social, es el saber perdonar. Si el domingo pasado Jesús nos enseñaba cómo corregir al hermano que falta, hoy nos dice que, en todo caso, debemos saber perdonar. Es una de las consignas más difíciles que nos ha dejado Jesús a sus seguidores: más exigente que los diez mandamientos del Antiguo Testamento.
Es un mensaje que ya anticipa, como suele suceder en los domingos del Tiempo Ordinario, la lectura del Antiguo Testamento. Se podría decir que con estas lecturas pasa lo que sucede con un álbum de fotos, en que a veces situamos en paralelo dos imágenes de la misma persona en dos etapas de su vida, o una misma situación en diversos lugares.
Del mismo modo, el libro de Ben Sirá nos invita ya a saber perdonar al hermano, cosa que Jesús nos enseñará todavía con mayor énfasis. El perdón no es un valor que abunde mucho en este mundo. Se habla mucho de justicia, pero de perdón, no.
El libro del Sirácida -el libro de “Jesús, hijo de Sira”-, que antes se solía llamar “Eclesiástico”, fue escrito casi dos siglos antes de Cristo. Entre la serie de reflexiones sapienciales que incluye, nos propone hoy una “ecuación” significativa: si uno no perdona al hermano, ¿cómo puede esperar que a él le perdone Dios? La cólera y el rencor son malos consejeros. La confianza en el perdón de Dios tiene que ir acompañada con nuestro perdón al hermano: “perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”, “no te enojes con tu prójimo… perdona el error”. La medida que uno use con los demás será la que Dios use con él.
El Salmo es uno de los más repetidos en esta selección de cantos de meditación, el que describe con entusiasmo la bondad y la misericordia infinita de Dios: “el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Y sigue retratando la actitud bondadosa de Dios: “él perdona todas tus culpas… te colma de gracia y de ternura… no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo…”.
Hoy leemos por última vez la carta de Pablo a los Romanos, que nos ha acompañado durante dieciséis domingos. En el pasaje de hoy, Pablo quiere que sus lectores sepan distinguir entre lo que es importante y lo que no. Lo principal es nuestra unión con Cristo Jesús. Todo lo demás es relativo.
Es breve la lectura, pero sustanciosa por demás: “si vivimos, vivimos para el Señor… si morimos, morimos para el Señor”. Los que por el Bautismo hemos sido incorporados al Resucitado, le pertenecemos, “en la vida y en la muerte somos del Señor”. Para Pablo siempre es Cristo el punto de referencia.
En la vida de la comunidad, sobre la que Mateo ha reunido en el capítulo 18 algunas de las consignas prácticas de Jesús, hay que saber perdonar.
Pedro interviene con una pregunta: ¿tengo que perdonar hasta siete veces? La respuesta de Jesús es sorprendente: ¡setenta veces siete! A continuación, Jesús cuenta la parábola del funcionario que es perdonado y a su vez no es capaz de perdonar. Una parábola que sólo Mateo nos trae en su evangelio. Los diez mil talentos parecen ser una cantidad enorme. Mientras que los cien denarios, una más asequible.
En comparación, los diez mil denarios, dicen los entendidos que equivaldrían a unos sesenta millones de denarios. La diferencia es abismal y, por tanto, la lección de la parábola más expresiva.
El rey revoca el perdón anterior y exige el pago de toda la deuda al funcionario. Jesús nos avisa: “si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.
Es una convicción que Pablo ha ido desgranando a lo largo de la carta a los Romanos, y en otras: desde el Bautismo estamos insertados -injertados- en Cristo, participamos de su vida, de su Espíritu. Todo en nosotros tiene sentido si lo miramos desde Cristo: la vida y la muerte.
Si creyéramos esto de veras, tendrían signo distinto todas nuestras actitudes: nuestra relación con Dios en la oración filial (como hermanos de Cristo, el Hijo mayor), nuestra caridad para los demás (a todos nos une Jesús), nuestra visión de los acontecimientos pasados y futuros (la resurrección de Cristo da luz a toda la historia).
De este pasaje de Pablo está tomado uno de los cantos que mejor expresan el sentido cristiano y pascual de las exequias: “si vivimos, vivimos para Dios; si morimos, morimos para Dios; en la vida y en la muerte somos de Dios”.
Nosotros tenemos un corazón mezquino, “lento para el perdón y siempre dispuesto al rencor y la cólera”, podríamos decir afirmando lo contrario que el salmo dice de Dios.
Dios sí tiene un corazón misericordioso y perdonador. El salmo nos lo describe como el que siempre perdona, cura, rescata, colma de felicidad, que no está siempre acusando… Valdría la pena que hoy, cada uno personalmente, leyéramos -rezáramos- este salmo 102 entero, después de la comunión o en otro momento de pausa: es un hermoso himno a la misericordia de Dios.
Esta convicción del amor misericordioso de Dios, manifestado en Jesús, nos tiene que infundir confianza en nuestros momentos de debilidad. Tenemos un Dios que perdona. El sacramento de la Reconciliación deberíamos considerarlo como el sacramento gozoso en que nuestra humilde confesión se encuentra con el perdón paterno de Dios, como en la parábola del hijo pródigo.
Pero ese perdón de Dios, y de Cristo, debe tener otra consecuencia: deberíamos ser capaces también nosotros de perdonar, igual que perdona Dios. No sólo que no nos venguemos, sino que perdonemos. Es la característica que Cristo quiere que tengan sus discípulos: “si saludas sólo al que te saluda, ¿qué haces de extraordinario? Tú saluda también al que no te saluda”. “En esto conocerán que son mis discípulos, en que se aman unos a otros”. Y uno de los aspectos más expresivos del amor es el perdón.
Pedro, al formular su pregunta, tal vez creía proponer un número exagerado. Si los rabinos parece que tenían el número cuatro como el tope, Pedro pone el techo, el colmo de la generosidad, en el siete. Número que no hay que tomar aritméticamente, sino en el sentido de “muchas veces”.
Pero Jesús le corrige claramente: hay que saber perdonar setenta veces siete, que equivale a “siempre”. No es cuestión de números y contabilidad, sino de cambio de mentalidad. No tenemos que llevar cuenta de las ofensas que nos hacen, o que creemos que nos hacen, ni de las veces que hemos perdonado mostrándonos magnánimos. Dios tampoco lleva contabilidad de las veces que nos perdona. Precisamente Pedro fue objeto de uno de los gestos de perdón más famosos por parte de Jesús, que le rehabilitó ante los demás después de la resurrección.
También a nosotros nos puede reprochar Jesús, como el rey al empleado intransigente: “¿no debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Tendremos que superar la “ley del talión” (ojo por ojo y diente por diente) o la de “el que la hace, la paga”. Además, a veces “perdonamos”, pero no “olvidamos”. Lo que quiere Dios es una “amnistía”: el perdón y el olvido. Como dice el salmo: “como dista el oriente del ocaso, así aleja Dios de nosotros nuestros delitos”.
Tenemos muchas ocasiones, en la vida de familia y de comunidad, en las relaciones sociales y laborales, de imitar o no esta actitud de Dios. Envidias, celos, olvidos voluntarios o no, palabras hirientes, o que a nosotros nos parecen hirientes e intencionadas, abandono en los momentos en que necesitábamos ayuda, y no digamos ya casos de “violencia doméstica” o “violencia de género”, que son los más sangrientos, pero que se pueden considerar como las puntas de iceberg de otras situaciones más cotidianas también muy ingratas.
El motivo de saber perdonar a los demás no es sólo la actitud de civilización o filantropía, o el interés de tratar bien a los demás (“hoy por ti y mañana por mí”). El motivo fundamental es el que ofrece Pablo a los Colosenses: “sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor les ha perdonado: hagan ustedes lo mismo”.
Igual que los cristianos somos unas personas “evangelizadas” (a las que se les ha anunciado la Buena Noticia y están imbuidas de ella) y así se sienten más invitadas a ser “evangelizadoras” de los demás, así también los que se saben “perdonados” por Dios (por ejemplo, en el sacramento de la Reconciliación) están mejor dispuestos a “perdonar” a los demás. Porque se reconocen personas débiles y frágiles y así no tienen la tentación de perdonar como si hicieran limosna o como un signo de magnanimidad, “con aires de perdonavidas”, sino con naturalidad, pensando en las veces que nos ha perdonado a nosotros Dios, y seguramente también en las veces que nos han tenido que perdonar los que conviven con nosotros, sin hacérnoslo notar demasiado. Uno que ha experimentado en sí mismo la fragilidad está mejor preparado para ser misericordioso.
¡Cómo cambiaría la sociedad, y la familia, y la comunidad religiosa o eclesial, si perdonáramos y rompiéramos así la espiral de las venganzas! Haríamos bien en recordar una vez más una de las bienaventuranzas del sermón de la montaña: “bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.
Cuando celebramos la Eucaristía, la empezamos con un acto de humildad, pidiendo a Dios que nos perdone y nos purifique: entonamos el “mea culpa” y el “Señor, ten piedad”. Es un buen modo de dar inicio a nuestra celebración.
Pero, unos momentos antes de acudir a la comunión, recitamos el Padrenuestro, la oración que nos enseñó Jesús. En esta oración hay una petición “peligrosa”, porque le decimos a Dios que nos trate como nosotros tratamos a los demás: “perdónanos nuestras ofensas (en arameo, “deudas” equivale a “ofensas”) como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Algunos se saltarían con gusto estas palabras del Padrenuestro (algún músico ya lo ha hecho), porque son comprometedoras.
Podemos recordar lo que dice el Sirácida: “perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. También lo que comentó Jesús al terminar de enseñarnos el Padrenuestro: “si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, les perdonará también a ustedes el Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres, tampoco el Padre perdonará sus ofensas” (Mt 6,14-15).
También nos damos la paz con los más cercanos, como símbolo de que queremos estar reconciliados con todas las personas en la vida. ¿Cómo podemos acercarnos a la mesa común del Señor, con nuestros hermanos, si no estamos en actitud de reconciliación con ellos, si les guardamos rencor? El Sirácida lo decía ya: “¿cómo puede uno guardar rencor a otro y no tener compasión de su semejante y pedir perdón de sus pecados?”.
Son las dos lecciones de hoy, plásticamente traducidas en el momento culminante de la Eucaristía: nos alegramos del perdón de Dios y manifestamos nuestro propósito de imitar su corazón misericordioso, perdonando también nosotros a los demás. Decir “amén” a Cristo, por ejemplo en la Eucaristía, supone decir también “amén” al prójimo en la vida, y perdonarle, cuando sea el caso.

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