Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía


Homilía del Señor Arzobispo para el XXII domingo del Tiempo Ordinario

“Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (Mc. 7, 1-8)

Con estas palabras de Isaías con la que  Jesús responde a los fariseos, saca a la luz lo falso y vacío del modo de actuar de los fariseos: su culto es sólo formal que se queda en lo exterior de los ritos y de la observancia de la Ley y no se corresponde con la actitud interior y una vida coherente. Jesús censura a los fariseos y desenmascara sus posiciones ideológicas aparentemente muy respetables pero que descuidan el “mandamiento de Dios”: “Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios y se aferran a la tradición de los hombres”. Jesús proclama, en voz alta, para que todos lo sepan, que esa religión que los fariseos predican es hipócrita y traiciona el “designio de Dios”, que es amor y vida.
La enseñanza y actitud de Jesús sigue sorprendiendo y desconcertando hoy. Jesús pone en entredicho la tradición establecida que abandona lo que Dios quiere: el amor y la vida para todos. Jesús  invita a la comunidad cristiana de todos los tiempos a descubrir dónde está la fuente de la pureza o impureza del corazón humano. ¿No nos parecemos, a veces, a los fariseos, conformándonos con guardar las apariencias y el cumplimiento exterior, dejando de lado lo esencial?
Esta crítica de Jesús a los fariseos y escribas, ¿No es también para nosotros una invitación a estar atentos a lo que vivimos? Los seres humanos y, lógicamente, también los cristianos, corremos también este riesgo de los fariseos: poner en el centro nuestras ideas, nuestros principios, nuestras pequeñas “tradiciones” y presentarlas como fundamentales dejando de lado lo que es esencial, los “mandamientos”, es decir, el amor,  la compasión  y la misericordia  que Dios ofrece a todo ser humano en Jesús de Nazaret.
¡Cuánto nos cuesta comprender la actitud fundamental de Jesús! La sociedad actual ensalza más que nunca la apariencia física sin que parezca importarle para nada, la belleza interior de cada ser humano. Vivimos en una cultura de la apariencia. Los mensajes, con los que la propaganda nos bombardea, se preocupan sobre todo, de la fachada y descuidan por completo el corazón.  Los dioses de nuestro mundo, exigen también el cumplimiento de un código de leyes para que el hombre pueda considerarse justificado. Una de estas leyes es el éxito profesional, el prestigio social, la competitividad… Jesús, por el contrario, proclama la libertad ante las ataduras esclavizantes de la ley,  y propone el amor y la compasión para todos como criterio de una relación auténtica con Dios. Con ello nos revela el auténtico rostro de Dios, que es amor, y  hace posible para todos el acceso a Él.
Jesús pone de relieve el criterio básico de la moral universal a través de una invitación: “Escuchen y entiendan todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro;  lo que sale de dentro es lo que le hace impuro…” Quiere decir: todas las cosas creadas  son buenas y, por consiguiente, no pueden ser impuras ni volver impuro a nadie. Lo que puede contaminar al hombre radica en el corazón. El corazón del hombre, por tanto, es el lugar de la bondad o la maldad de las acciones. Esta advertencia de Jesús tiene plena actualidad en nuestra sociedad de hoy “lo que sale de dentro es lo que le hace impuro”. Los robos, los homicidios, la violencia, las injusticias, la dureza de corazón con la que juzgamos a los demás… que de tantas maneras toman cuerpo en las costumbres, instituciones, estructuras de nuestra sociedad salen “de dentro del corazón”.
El Evangelio de hoy es una llamada a la conversión interior: los hombres y mujeres de hoy podemos ingenuamente olvidar que el camino de una sociedad más justa y humana pasa por la conversión del corazón.
No sirve de nada una indignación llena de odio y de violencia.  Ese tipo de sentimientos se encierran en un círculo vicioso que impide buscar soluciones factibles. Corremos el riesgo de estancar el desarrollo de Honduras cuando se quiere imponer el pensamiento único y se cierran las mentes y los corazones al diálogo que es el único camino para encontrar la verdad.
Las instituciones, las estructuras y los programas socio-políticos no cambian ni mejoran automáticamente a las personas. No hay ningún camino que nos pueda conducir a una transformación social dispensándonos de una conversión de las personas, de una transformación personal. Es una falsa ilusión creer que avanzamos hacia una sociedad más justa y humana si no estamos dispuestos a reconvertir nuestro propio corazón. Por eso necesitamos estar alerta sobre nuestra capacidad de autoengaño para liberarnos de la trampa de “honrar con los labios a Dios pero permaneciendo lejos con nuestro corazón”.
Hoy estamos invitados a una oración interior y a dejarnos transformar por El.
Que en unos momentos de silencio podamos escuchar la Palabra que hoy nos invita a mirar en nuestro corazón con sinceridad.  Hoy podemos mirar dentro de nosotros y buscar lo que necesitamos “purificar” a nivel personal, de nuestras relaciones y de nuestra comunidad.
Que en esta Celebración podamos decirle: Señor, que tomemos conciencia de que, a veces, nuestro corazón está lejos de Ti y que no nos damos cuenta de que Tú estás siempre cerca de nosotros, muy cerca de nosotros.

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