Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía


Homilía del Señor  Arzobispo para el XVII Domingo del Tiempo Ordinario

“Vende todo lo que tienes y … ”

Seguimos y concluimos hoy el capítulo que Mateo dedica a las parábolas de Jesús, con las que nos transmite un mensaje religioso, los rasgos del Reino que él quiere establecer en este mundo: “el Reino de los cielos se parece a…”. Esta vez son la del tesoro escondido en el campo y otra gemela, la de la perla preciosa descubierta en medio de otras. La tercera, que, a su vez, es gemela de la de la cizaña del domingo pasado, es la de la red que recoge peces buenos y malos.
Al acabar de proponer estas parábolas, Jesús hace una pregunta: ¿entendéis bien todo esto? Los discípulos contestan que sí. Uno duda hasta cierto punto que aquellos buenos discípulos entendieran del todo lo que Jesús les quería enseñar, por el modo como siguieron reaccionando ante diversas enseñanzas y acontecimientos.
El rey Salomón, que ha pasado a la historia, entre otras cosas, por la fama de su sabiduría, ante la oferta de Dios -”pídeme lo que quieras”- pide el don de la sabiduría: “un corazón dócil para gobernar, para discernir”.
A Dios le gustó que el joven rey pidiera, no riquezas y poder y victorias contra los enemigos y vida larga, sino “discernimiento”, y se lo concedió, a la vez que también le regaló muchas más cosas que él no había pedido y que hicieron de él uno de los reyes más poderosos de su tiempo.
Por eso, el Salmo Responsorial es la oración de un creyente que también aprecia la sabiduría de Dios más que ningún otro bien: “más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata”.
La Primera Lectura y el Salmo Responsorial nos adelantan la figura del verdadero Maestro y Sabio, Cristo Jesús, que a su vez enseñará a sus discípulos dónde está la verdadera sabiduría, al discernir los verdaderos valores.
Pablo anuncia con alegría cuál es el plan salvador de Dios, en el que estamos sumergidos por el Bautismo. Desde toda la eternidad, Dios nos ha predestinado a ser sus hijos, hermanos de nuestro Hermano mayor, el Hijo de Dios: “nos predestinó a ser imagen de su Hijo”.
Ese es el proyecto de Dios sobre nosotros, centrado en Cristo Jesús. Por eso nos ha llamado, nos ha hechos justos y nos ha destinado a la gloria.
También estas últimas parábolas de Jesús -que actúa como “un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo”- están tomadas de la vida cotidiana de la gente de su época y alaban la sabiduría que supone hacerse con el tesoro o con la perla y saber distinguir los peces buenos y los malos.
El que intuye que en un campo hay enterrado un tesoro, hace muy bien en comprar ese campo, aunque le cueste todo el dinero que tiene. Como hace bien el que ha descubierto, entre otras, una perla que adivina que vale mucho, y la compra.
La parábola de la red del pescador es parecida a la de la cizaña, que leíamos el domingo pasado: también aquí se dice que hay que esperar hasta el final para separar lo bueno de lo malo.
La breve lectura de Pablo da ánimos a los cristianos de Roma, y a nosotros, recordándonos que hemos recibido de Dios el don de la adopción como hijos.
Dios nos ha escogido y nos ha “predestinado a ser imagen de su Hijo”, de modo que Cristo Jesús es “el primogénito de muchos hermanos”.
Estamos sumergidos en una historia de amor y de salvación por parte de Dios: nos ha predestinado, nos ha llamado, nos ha justificado (hecho justos) y al final estamos destinados a que seamos glorificados.
La Primera Lectura nos propone el ejemplo del rey Salomón. No es frecuente oír de un joven gobernante que pida a Dios un corazón prudente, sabio. Eso es lo que pide Salomón: reconoce que no le va a resultar fácil gobernar, porque es inexperto. Es buena esta actitud en uno que empieza. Pide un “corazón dócil”. No unos súbditos dóciles sino que él, el nuevo rey, sea dócil, o sea, atento, que sepa escuchar y así pueda interpretar lo que conviene en cada momento. Es una buena enseñanza sobre la sabiduría que todos necesitamos en nuestra vida.
Las dos parábolas nos invitan a saber discernir dónde están los verdaderos valores y trabajar por conseguirlos. O sea, a ser buenos negociantes no sólo en las cosas materiales, sino también en las espirituales. Hoy tal vez hablaría Jesús de los yacimientos de petróleo enterrados en el campo, o de sellos o monedas de gran rareza que vale la pena adquirir, o de las acciones bancarias que parece que van a subir y por tanto suponen una buena inversión.
A veces hay que sacrificar algo “vendió todo lo que tenía y compró el campo”- para conseguir lo que vale más. El seguimiento de Jesús es exigente.
En otros momentos nos dijo que había que darle a él preferencia en relación a los padres o los hijos, si hacía falta optar por uno u otro, o incluso anteponer el seguimiento a él a la propia vida.
Como cantamos en el Salmo Responsorial de hoy, ojalá sea verdad que “amo tu voluntad, Señor”, y que “más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata”.
El domingo pasado, con la parábola del trigo y la cizaña, Jesús nos daba una lección de paciencia, a imitación de la paciencia infinita y la misericordia de Dios.
Estamos en el “tiempo de la Iglesia”, en el que conviven dentro de la red los buenos y los malos. A nosotros nos toca echar la red y ser “pescadores de hombres”, como prometió Jesús a Pedro y a los suyos. No nos toca juzgar y menos condenar, ni tomarnos la justicia por nuestra mano, tratando de arreglar los problemas del mundo. Como hace Dios, tenemos que respetar la libertad de las personas, tratar de ayudarlas sin violencia ni precipitaciones, y no empeñarnos en construir una Iglesia elitista, de sólo santos o perfectos. Aunque sí trabajemos por mejorar esta Iglesia y la sociedad en que vivimos.
La Iglesia es santa, pero está formada por pecadores. Entre ellos, nosotros.
Claro que tenemos que luchar contra el mal. Pero sin imitar la presunción de los fariseos, que se tenían por perfectos y excluían a los pecadores. Jesús tenía otro estilo y otro ritmo.

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