Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía


Homilía del Señor Arzobispo para el Domingo de Ramos, en la Pasión del Señor

“Bendito el que viene en nombre del Señor”

Damos inicio hoy a la “Semana Santa” o “Semana Grande”, que es mitad Cuaresma (hasta la Eucaristía del Jueves) y mitad Triduo Pascual (desde esa Eucaristía hasta la Vigilia Pascual y luego todo el domingo).
La empezamos con este domingo que, como su nombre compuesto refleja -”domingo de Ramos en la Pasión”-, tiene dos dimensiones muy distintas: las alabanzas que la multitud dedicó a Jesús en su entrada a Jerusalén, con palmas y Hosannas, y luego la Eucaristía, más adusta, con las tres lecturas apuntando al drama de la cruz, sobre todo la de la pasión.
Por eso, la Eucaristía de este domingo tiene dos elementos característicos: la entrada procesional y el evangelio de la Pasión. A veces, resulta difícil conjugar estas dos actitudes, sobre todo en comunidades en que abundan los niños, que tienen en esta fiesta un protagonismo evidente, como el que tuvieron en Jerusalén. Pero es una sucesión de aspectos que está bien pensada: la entrada de Jesús en la ciudad santa fue acompañada por un inesperado entusiasmo por parte de la gente sencilla, pero él iniciaba esta última semana de su vida dispuesto a cumplir su misión con su muerte en la cruz. Las dos cosas se unen en la celebración de hoy, a pesar de su contraste.
Todavía estamos en Cuaresma, y hoy vamos a escuchar lecturas muy profundas que retratan el camino de Jesús hacia su Pascua, con el poema de Isaías y sobre todo con la pasión según Mateo. Ya desde la oración colecta de la Misa, nada más terminar la procesión, el discurso es diferente: “tú quisiste que nuestro Salvador se anonadase, muriendo en la cruz, para que todos nosotros sigamos su ejemplo”.
La lectura evangélica antes de la procesión nos cuenta lo que sucedió aquel día, cuando, sabiendo que había llegado su hora, Jesús decide entrar en Jerusalén. Montado en un borrico, entra en la ciudad acompañado de las aclamaciones de los discípulos: “viva (¡hosanna!) el Hijo de David… bendito el que viene en nombre del Señor”. No sería seguramente un gran acontecimiento, sino más bien una manifestación (menos mal que entonces no había el prurito de contar el número de presentes) popular y espontánea de admiración al que consideraban como el Profeta enviado de Dios. Tampoco la cabalgadura en que entra es demasiado gloriosa.
Esta procesión en honor a Cristo el domingo de Ramos tuvo su origen en Jerusalén, ya en el siglo IV, y luego se difundió a toda la Iglesia. Las comunidades que pueden hacerlo organizan hoy una procesión partiendo de un lugar diferente, mientras van dedicando cantos de alabanza a Cristo.
Lo principal no son los ramos benditos, sino que la comunidad “acompaña a Cristo aclamándole con cantos”, agitando, eso sí, esos ramos que han sido “bendecidos” porque se les da un significado simbólico de fe.
En el repaso celebrativo de los momentos importantes de la historia de la salvación, llegamos al tercer “cántico del Siervo del Señor”, de Isaías. Un poema que nosotros vemos cumplido en Jesús de Nazaret. El cuarto, el más impresionante, lo proclamamos el Viernes Santo.
Hoy se afirma de este Siervo que tiene “una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento”. Pero también se dice que antes, “cada mañana, me espabila el oído para que escuche como los iniciados”.
Escucha para luego poder comunicar las palabras de Dios. El Siervo es, además, consciente de que su misión va a ir acompañada de oposición: “ofrecí la espalda a los que me golpeaban”, siempre, eso sí, con la ayuda de Dios: “mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido”.
A esta lectura, que ya preludia la Pasión, le hace eco uno de los salmos más impresionantes: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, el salmo que los evangelistas ponen en labios de Jesús en la cruz. En verdad, la pasión de Jesús está narrada después como siguiendo la pauta de los versículos de este salmo: “se burlan de mí… acudió al Señor, que lo libre… me taladran las manos y los pies… echan a suertes mi túnica”. Incluida también la confianza en Dios: “tú, Señor, no te quedes lejos, ven a ayudarme”.
En su carta a los cristianos de Filipos, Pablo incluye un himno cristológico que seguramente ya se cantaba en las primeras comunidades. Un himno que habla del proceso “pascual”, su “paso” o “tránsito”. Desde su condición divina se rebaja a la humana y a la humillación de la muerte, el anonadamiento total (movimiento descendente). Desde ahí la fuerza de Dios lo eleva como Señor de toda la creación (movimiento ascendente).
Es un resumen poético y teológico de la Pascua de Cristo. No es de extrañar que en la celebración de las Vísperas de cada sábado recitemos este himno, que resume el misterio pascual de Cristo con su muerte (viernes), su estancia en la sepultura (sábado) y la resurrección en la madrugada del domingo.
El relato de la Pasión -en el que se ve cómo se cumplen a la perfección las anteriores lecturas- presenta en Mateo unos matices propios. Por ejemplo, es el que más citas bíblicas aporta, para demostrar, como pretende en todo su evangelio, que en Jesús se cumplen las promesas del Antiguo Testamento. Es el único que nos habla del remordimiento y suicidio de Judas; pone énfasis en los espectaculares fenómenos que suceden a la muerte de Jesús en el velo del templo, en la tierra, en las rocas y en la resurrección de muertos; también se detiene en los ultrajes que dirigen a Jesús en la cruz la gente, las autoridades y los ladrones ajusticiados con él.
La procesión de hoy no es sólo la entrada a la Eucaristía: es la entrada a toda la Semana Santa. Cada Misa la iniciamos con una “entrada”, pero la de hoy es especial, recordando la de Jesús cuando llegó a Jerusalén para su semana decisiva. Sus discípulos seguramente pensarían que este era el momento decisivo para proclamar rey a su Maestro. Pero Jesús sabe que, aunque parece entrar como Señor y Rey, en realidad, antes tiene que sufrir como el Siervo, y que en vez de un trono le espera la cruz.
Las dos dimensiones son importantes para hoy y van íntimamente unidas. Tal vez, algunos de los que hoy vienen a “bendecir ramos”, no acudan después a las celebraciones del Triduo Pascual. Por eso es bueno que se unan en la celebración de hoy el recuerdo de la muerte, con la lectura de la pasión, y también el adelanto de la resurrección, que aparece en varios textos, y se escenifica de alguna manera en la procesión.
La Pascua son las dos cosas: cruz y vida. El prefacio de hoy dice, por una parte, que “Cristo, siendo inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales”, pero a la vez da gracias a Dios porque “de esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa y, al resucitar, fuimos justificados”. En la oración colecta pedimos a Dios “que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio y que un día participemos en su resurrección gloriosa”.
Nosotros también nos unimos a las aclamaciones de la gente de Jerusalén, expresándole a Jesús, al comienzo de “su” Semana Grande, toda nuestra admiración y gratitud, dispuestos a acompañarle esos días en su camino de cruz a la alegría de la Pascua.
Jesús camina decidido a su Pascua, a la Pascua completa, que es muerte y resurrección. Y nos da una gran lección desde la cruz.
Para Isaías, la misión del Siervo es “decir una palabra de aliento a los abatidos”, pero él mismo tiene que asumir el dolor y el castigo de la humanidad: “ofrecí la espalda a los que me golpeaban”. Aspecto que ha subrayado fuertemente el salmo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Lo mismo sucede con Pablo, que describe el “viaje pascual” de Cristo Jesús: “se despojó… se rebajó… y muerte de cruz… Dios lo levantó sobre todo”.
Muerte y resurrección. Al contrario que Adán y Eva, que querían “ser como dioses”, Jesús se rebaja, se despoja de su rango, hasta la muerte.
El relato de la pasión nos ha presentado toda la seriedad del camino de Jesús, por solidaridad con los hombres, hasta la muerte en cruz. Pero no va a ser esa la última palabra: en la Vigilia Pascual escucharemos el evangelio más importante del año, el de la resurrección, que será la respuesta de Dios a la entrega de Jesús.
Nuestro seguimiento de Cristo comporta, a veces, cargar como él con la cruz. Seguramente no será tan dramático nuestro camino como el suyo: abandonado de todos, incluso con silencio o ausencia aparente de Dios, azotado cruelmente, escarnecido, clavado en la cruz, ejecutado injustamente.
Pero sí tendremos días en que se acumulan los motivos de dolor y desánimo.
Por eso también nosotros necesitamos reafirmar hoy de alguna manera, con la procesión de ramos, la confianza en el triunfo de Cristo y nuestro. Estamos destinados, no a la cruz, sino a la vida. No al sufrimiento, sino a la alegría perfecta. Aunque el camino sea como el que nos ha señalado Jesús. No todo el año será Semana Santa. O si lo es, también irá acompañada de Pascua.
Las celebraciones de esta Semana, sobre todo las del Triduo Pascual, son como el faro que da sentido a la vivencia de todo el año.
En la monición que el sacerdote dice, según el Misal, antes de la procesión, se expresa bien el sentido de este domingo: “recordando con fe y devoción la entrada triunfal de Jesucristo en la ciudad santa, le acompañemos con nuestros cantos, para que, participando ahora de su cruz (“per gratiam consortes effecti crucis”, hechos por la gracia partícipes de la cruz), merezcamos un día tener parte en su resurrección (“resurrectionis et vitae”, de la resurrección y de la vida)”.
El texto de Pablo a los de Filipos es breve. Si leyéramos el versículo inmediatamente anterior a este “himno”, veríamos la intención con la que Pablo incluye este himno de la comunidad en su carta: “tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: el cual, siendo de condición divina…”. Se trata de que cada uno de nosotros haga suya esta actitud de Jesús en su Semana Santa. La Pascua de Cristo -su paso por la muerte a la vida- es también la Pascua de la Iglesia, y de la Humanidad, y de cada uno de nosotros.

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