Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía


 Homilía del Señor  Arzobispo para el XVI Domingo del Tiempo Ordinario

“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”

Siguiendo con la serie de parábolas que Mateo reúne en su capítulo 13 y de la que el domingo pasado leíamos la primera, la de la semilla que es la Palabra de Dios, escuchamos hoy tres más, sobre todo la del trigo y la cizaña. Una pregunta aparece continuamente en nuestra historia: ¿por qué permite Dios tanto mal, tanta malicia?, ¿por qué no castiga a los malhechores que cometen tantas injusticias?, ¿por qué permite que la cizaña crezca junto con el trigo, los malos con los buenos?
En este libro de la Sabiduría, uno de los últimos del Antiguo Testamento, tal vez un siglo antes de Cristo, leemos hoy una página que ensalza la bondad de Dios para con su pueblo, demostrada continuamente en la historia.
La idea central es que, aunque Dios es todopoderoso y puede hacer lo que quiera, no tiene que responder de su actuación ante nadie, sin embargo, “juzga con moderación y gobierna con gran indulgencia” y al pecador siempre le “da lugar al arrepentimiento”. Esta lectura prepara hermosamente la lección que nos dará Jesús con su parábola del trigo y la cizaña.
El Salmo Responsorial, una vez más, como hace dos domingos, canta la bondad de Dios. Nos hace repetir “tú, Señor, eres bueno y clemente”. Llama a Dios “rico en misericordia”, “Dios clemente y misericordioso, rico en piedad y leal”.
Sigue Pablo sacando las consecuencias de nuestro Bautismo, que ya nos dio la vida divina como en embrión, pero que tiene que crecer y madurar, ayudado por el Espíritu de Dios.
En la breve página de hoy nos dice cómo el Espíritu es quien sale en ayuda de nuestra debilidad y nos enseña a rezar, porque nosotros “no sabemos pedir lo que nos conviene”. Más aún, es el Espíritu quien ora por nosotros y en nosotros: “el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”.
Hoy Jesús nos propone tres parábolas muy breves, que conviene leer íntegras, aunque se entretiene más en la tercera, la del trigo y la cizaña, que luego explica o aplica a nuestra vida eclesial. Al menos, si se lee sólo la de la cizaña, habría que unirle la explicación de Jesús.
La primera es la del grano de mostaza, una semilla minúscula que da origen a un arbusto bastante grande. La segunda, la de la levadura, que a pesar de su pequeño volumen, tiene capacidad de hacer fermentar toda la masa de harina. La tercera es la del trigo que siembra el campesino, pero que crece junto con la cizaña, una mala hierba particularmente dañina para las plantas, que ha sembrado de noche “el enemigo”. Los labradores preguntan al amo si será mejor arrancar esa cizaña. El amo prefiere esperar a la cosecha para hacer la separación, no vayan a arrancar también el trigo. En efecto, las raíces de la cizaña se entrelazan fuertemente con las del trigo.
Más tarde, aparte, a sus discípulos, les explica Jesús más detenidamente la tercera parábola, la de la cizaña.
Ya el domingo pasado se nos proponía la fuerza interior de la Palabra de Dios, comparada con la que tiene una semilla sembrada en tierra. Hoy se nos habla del grano de mostaza que es pequeño pero produce un arbusto en el que pueden anidar los pájaros y de la levadura, que tiene fuerza para transformar la masa de la harina y hacerla fermentar, convirtiéndola en sabroso pan.
Todas estas comparaciones ponen en evidencia la pequeñez del comienzo, el grano de mostaza, la levadura y los resultados mucho más grandes, el arbusto y la masa fermentada. Sobre todo pone en evidencia la fuerza interior que tiene el Evangelio y la Palabra de Dios, capaz de transformar el universo. Los creyentes debemos tener confianza en Él. Es Él quien hará brotar y crecer el Reino, aunque haya empezado de una forma tan sencilla y humilde.
Las dos comparaciones de la semilla de mostaza y de la levadura nos enseñan también cuál es el estilo de la actuación de Dios.
El Reino que vino a implantar Jesús, nació en un pueblo insignificante, fue rechazado por las autoridades y el mismo Jesús acabó ajusticiado. Pero ese Reino tenía una fuerza tal que germinó y creció y se ha convertido en un árbol gigantesco que ofrece la salvación a toda la humanidad.
La comparación de la cizaña la aplica el mismo Jesús a la vida cristiana y al proceso del Reino de los cielos. El sembrador es Cristo; el campo, el mundo; el trigo, los buenos (“los ciudadanos del Reino”); el enemigo que siembra mala hierba, el diablo (no sólo “roba” la semilla, como en la parábola del domingo pasado, sino que él mismo siembra mala hierba); la cizaña, “los hijos del mal”; la siega, el final de los tiempos; los segadores, los ángeles…
Jesús aborda aquí la coexistencia del bien y del mal en este mundo, o sea, la coexistencia de los buenos y los malos, del bien y del mal, en este mundo y también en la Iglesia y en nuestro ambiente familiar o social más cercano.
En el mundo conviven los buenos y los malos. Hay quien dedica todas sus energías a ayudar a los demás, a curar sus males, a hacer progresar el bienestar, a atender a los enfermos o a los ancianos. Pero hay quien no tiene ningún escrúpulo en producir la muerte y en aprovecharse de los demás para su propio provecho.
Jesús quiere que se deje el juicio y la separación para el día final, sin precipitarse. Propone una perspectiva más a largo plazo. El Juez es Dios, y es él quien hará justicia. Nosotros no tenemos esa misión. Lo nuestro es seguir trabajando, sin perder la paciencia ni la esperanza, respetando la libertad de las personas, dándoles un voto de confianza. No vaya a ser que, queriendo arrancar lo malo, arranquemos también las posibilidades de bien que tienen todos, también los que podemos considerar malos. El ideal no es una Iglesia de sólo santos. ¿Por qué no interviene más Dios para poner orden en este mundo? ¿Por qué no castiga a los malvados y les impide seguir haciendo el mal? Dios tiene paciencia. Dios cree en el hombre. Le concede siempre un voto de confianza.
No le quiere privar de la libertad. Como ha dicho el libro de la Sabiduría, “en el pecado, das lugar al arrepentimiento”.
Deberíamos copiar esta actitud de bondad y misericordia en nuestra manera de tratar a los demás. En el libro de la Sabiduría hemos leído, hablando de la bondad y misericordia de Dios: “obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano”.
Los que trabajan por el Reino, los sembradores de la semilla, los predicadores, los cristianos “practicantes”, no deberían tener tendencias integristas y que fiscalizan, ni lanzarse con precipitación a querer separar a los malos de los buenos.
En el Evangelio se nos cuenta algunas veces la actitud de impaciencia e intolerancia de los discípulos de Jesús, como cuando no les quisieron acoger en un pueblo de Samaría. La reacción de los discípulos (de los “hijos del Trueno”, Santiago y Juan) fue tajante: ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo? Es una reacción visceral, poco conforme al estilo de Dios. Jesús les reprochó su actitud y les dio una lección de paciencia.
Deberíamos aprender de Dios su actitud de generosidad y misericordia, y ser más tolerantes con los que tenemos por malos, con los hijos o los amigos o los miembros de la comunidad que pasan por momentos difíciles.
Convivir con el mal no significa aprobarlo, ni que todo nos es indiferente o que tenemos que dejar de luchar a favor del bien. Pero sí hemos de aprender la lección de paciencia y de misericordia infinita de Dios, que se nos ha manifestado en Cristo Jesús. Él nos contó la parábola de la higuera, a la que el dueño, antes de declararla definitivamente como estéril, le concedió tiempo para ver si daba fruto.

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