Homilía del Señor Arzobispo para el Domingo de Pentecostés
“Como el Padre me ha enviado, así también les envío yo. Reciban el Espíritu Santo”
“Pentecostés”, en griego, significa “día quincuagésimo”. El 50 es un número que ya los judíos tenían asimilado desde hace siglos como símbolo de plenitud: una semana de semanas, siete por siete más uno. Es cuando celebran la alianza que sellaron con Yahvé en el monte Sinaí, guiados por Moisés, a los cincuenta días de su salida de Egipto.
Los cristianos celebramos en esta cincuentena, después de la Pascua la Resurrección de Jesús, su donación del Espíritu a la comunidad apostólica precisamente a los cincuenta días.
Esta fiesta tiene textos propios para la Eucaristía que se celebra la tarde anterior.Eucaristía vespertina que se puede también prolongar a modo Vigilia, al modo de la Vigilia Pascual, reunida la comunidad en oración como lo estuvo la primera con la Virgen y los Apóstoles. Además, esta fiesta posee también una Secuencia, “Veni, SáneteSpiritus”, atribuida al arzobispo inglés Langton en el siglo XIII.
Las lecturas bíblicas de la Vigilia nos presentan una visión muy rica de la misión del Espíritu. La primera se puede elegir de entre las cuatro del AT que ofrece el Leccionario, que preparan y completan, a veces por contraste, lo que nos van a decir las lecturas del Nuevo Testamento y el evangelio:
La página de hoy es continuación de la que leíamos el domingo pasado, con el episodio de la Ascensión, y nos narra el gran acontecimiento que supuso para la primera comunidad la venida del Espíritu.
Lo describe Lucas con el lenguaje de la teofanía del Sinaí: estando todos reunidos, bajó sobre ellos el Espíritu, con viento recio y ruido y lenguas de fuego. El primer efecto del don del Espíritu es que empezaron a hablar en lenguas y, además, cada uno de los oyentes, que en aquellos días eran muy numerosos en Jerusalén, les oía hablar en su propia lengua.
El salmo es de alabanza y entusiasmo: “bendice, alma mía, al Señor… Dios mío, qué grande eres… gloria a Dios para siempre”. Como antífona se nos hace repetir una frase con clara visión del Nuevo Testamento: “envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”. No es de extrañar que sea este el mismo salmo que en la Vigilia Pascual cantamos después de la lectura de la creación en el Génesis: el Espíritu, que ya aleteaba sobre las aguas primordiales, “renueva ahora la faz de la tierra” con la Pascua de Cristo.
Una lectura que se puede elegir hoy, como segunda, es la carta a los Corintios, en el capítulo en que describe los dones y carismas tan variados que hay en una comunidad, sobre todo en una comunidad de Grecia, famosa por su sabiduría. Pablo atribuye todos estos dones al único Espíritu, que es el que tiene que mantener unida a la comunidad. Todos formamos un solo cuerpo en Cristo, hemos sido bautizados en el mismo Espíritu y, por tanto, la diversidad de dones no tiene que romper la unidad.
Antes del evangelio recitamos o cantamos la Secuencia de este día, “Veni, SáneteSpiritus”, una antigua composición poética que es una oración muy sentida dirigida al Espíritu Santo: “ven, Espíritu divino,… don en tus dones espléndido… dulce huésped del alma… riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo… danos tu gozo eterno”.
El primer evangelio posible, el más adecuado para hoy, es el de la aparición de Jesús a sus discípulos la tarde del primer “domingo” cristiano, el mismo día de la resurrección del Señor. Para Juan, la donación del Espíritu no parece haber tenido lugar a los cincuenta días de la resurrección del Señor, sino el mismo día de la Pascua, poniendo de relieve, por tanto, la unidad de todo el misterio de la glorificación del Señor y el envío de su Espíritu.
Después del saludo, “paz a vosotros”, que llena de alegría al grupo de discípulos, Jesús les envía como él había sido enviado por el Padre, y para que puedan cumplir esta misión les da su mejor ayuda: “reciban el Espíritu Santo”. En concreto, esta misión va a ser ante todo la reconciliación: “a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados…”.
La primera comunidad recibe de su Señor, como se lo había prometido, el mejor Don: su Espíritu Santo, plenitud y complemento de la Pascua. El mismo que resucitó a Jesús es el que ahora despierta, vivifica y resucita a la comunidad y la llena de insospechada valentía para la misión que tiene encomendada. El Espíritu obra así: llena por dentro y lanza hacia fuera: “se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar”.
Es entusiasta el lenguaje del prefacio de hoy agradeciendo a Dios Padre esta donación de su Espíritu:
a) El Espíritu es la plenitud de la Pascua: “para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos tuyos por su participación en Cristo”.
b) El Espíritu es quien anima y da vida a la comunidad: “Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente”, o como dice la oración colecta: “por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones”.
c) También es quien actúa, con una proyección misionera y universal, el proyecto de salvación: “el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos, que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.
En la oración colecta le pedimos a Dios: “no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica”. En efecto, lo que ha hecho el Espíritu en la historia (“in illo tempore”) lo sigue haciendo hoy (“hodie”) en el mundo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros:
* Él sigue siendo el alma de la Iglesia y llenándola de sus dones, más todavía que en la comunidad de Corinto: el Concilio, el Jubileo y tantos otros acontecimientos eclesiales, univer-sales o diocesanos, son en verdad señales del protagonismo del Espíritu en la animación de su comu-nidad.
* Es él quien hace florecer tantas comunidades cristianas llenas de fuerza, y anima tantos movimientos y renueva a su Iglesia en tantos aspectos.
* El Espíritu de la verdad sigue influyendo para que se esté renovando en profundidad la teología, la comprensión del misterio de Cristo.
* Él sigue inspirando nuestra oración y guiando a la Iglesia a renovar lacelebración litúrgica, la oración personal y un conocimiento más espiritual y profundo de la Palabra de Dios.
* Él, el Espíritu del amor, suscita y sostiene tantos ejemplos de amor, sacrificio y compromiso de los cristianos en el mundo, a veces hasta el martirio, en defensa de la justicia o de la vida o de la verdad.
* Él, que en Pentecostés unió a los que “hablaban en lenguas diferentes”, es el que promueve también hoy iniciativas de unidad interna y ecuménica, en línea con la carta a los Corintios…
También hoy, a principios del siglo XXI, tenemos motivos cada vez más claros para renovar nuestra profesión de fe: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”.
Debemos alegrarnos de este Don de Dios, plenitud de la Pascua. En nuestra oración solemos pedir a Dios paz, justicia, salud, libertad, buenas cosechas del campo, éxito en nuestras empresas. Y Dios nos da… su Espíritu, que es lo mejor, el que nos da la verdadera paz y libertad y éxito.
El que ha sido lleno del Espíritu, ya desde el Bautismo, tiene que vivir, como ha dicho Pablo (lectura de Romanos), según el Espíritu y no según la carne. Pablo contrapone los criterios y la fuerza de Dios, por una parte -vivir en el Espíritu- y los criterios y los recursos meramente humanos, por otra -vivir según la carne-. Si vivimos conforme a la carne, vamos directos a la muerte. Si según el Espíritu, a la vida.
Si tenemos dudas de que sea posible vivir conforme a la mentalidad divina en este mundo, Pa-blo se atreve a hacer una afir-mación funda-mental para los que hemos celebrado la Pascua de Cristo durante siete semanas: “el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos… vivificará también vuestros cuerpos mortales”. La misma mano poderosa de Dios que sacó a Jesús de entre los muertos puede hacer que también nuestra persona, o nuestra comunidad, a pesar de ser débil y pecadora, sea transformada en luz y gracia.
Ya sería un buen fruto de nuestras siete semanas de Pascua si de ellas saliéramos con esta convicción, de que somos hijos en la familia de Dios, y dijéramos en verdad, aunque sea una sola vez al día, movidos desde dentro por el Espíritu, “Abbá, Padre”. Se tendría que llenar de alegría todo nuestro ser y sentirnos estimulados a vivir un estilo de vida según el plan de Dios.
El Espíritu es quien actúa cada vez en los Sacramentos, como ha hecho ver de modo más claro el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. CCE 109 lss). En las lecturas de hoy se nombra explícitamente al Espíritu en relación con el Bautismo (carta a los Corintios) y a la Penitencia (evangelio de Jn 20).
De modo particular en la Eucaristía invocamos su venida dos veces: sobre los dones del pan y del vino, para que él los transforme en el Cuerpo y Sangre del Resucitado; y luego sobre la comunidad que va a participar de estos dones, para que también ella quede transformada en el Cuerpo único y sin división de Cristo Jesús. Esta segunda invocación es claramente “pentecostal”: lo que sucedió a aquella primera comunidad cuando bajó sobre ella la fuerza del Espíritu es lo que tendría que suceder a cada una de las nuestras cuando participa de la Eucaristía.
