Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía


Homilía del Señor Arzobispo para el IV Domingo del Tiempo Ordinario

“Jesús enseñaba con autoridad”

Todavía es reciente nuestra celebración de la Navidad. Aquel a quien contemplábamos como Niño se nos aparece ahora como el Mesías, el Maestro, el Profeta que habla de parte de Dios a la humanidad.
En la escena tan significativa de su Bautismo en el Jordán ya escuchábamos su proclamación, a modo de investidura, de esta misión mesiánica. Ahora, siguiendo el evangelio de San Marcos, iremos viendo cómo la desarrolla.
Hoy -y los dos domingos siguientes- San Marcos nos ofrece, a modo de programa, cómo era una “jornada” en la vida de Jesús, empezando por su intervención en la sinagoga y su primer milagro liberando de su mal a un poseso.  Deuteronomio es el último de los cinco que componen el Pentateuco. En concreto leemos hoy, de la despedida de Moisés antes de que el pueblo entrara en la tierra prometida, el anuncio que les hace de un profeta que Dios piensa suscitar en el futuro.
Ese profeta será según Dios: “pondré mis palabras en su boca”. No como los falsos profetas, que también existirán, pero que Moisés, de parte de Dios, desautoriza radicalmente: “el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, morirá”.
El salmo se hace eco de la voz divina que los profetas harán oír al pueblo, y no como tantas veces había pasado -y seguiría pasando- que el pueblo se hacía el sordo a estas voces proféticas: “ojalá escuchéis hoy su voz… no endurezcáis el corazón, como cuando vuestros padres me pusieron a prueba”.
El argumento que aporta aquí San Pablo para mostrar los bienes del celibato es que el soltero, y la soltera, pueden dedicarse mejor a “los asuntos del Señor”, asuntos que no especifica, pero que habría que interpretar a partir de su situación personal: Pablo es célibe y entregado totalmente a la evangelización. Para él esto es “una cosa noble” y le permite “el trato con el Señor sin preocupaciones”.  Hoy escuchamos la primera actuación de Jesús en público. Con los discípulos a los que acaba de llamar, va a Cafarnaún, que va a ser una ciudad importante en su vida, casi como su punto de referencia.
Su enseñanza en la sinagoga -es sábado-, provoca la admiración de todos, porque enseña “con autoridad”. Luego libera a un hombre que estaba poseído por un “espíritu inmundo”, lo cual también hace que todos queden “estupefactos” ante la fuerza milagrosa de este hombre. No es extraño que “su fama se extendiera en seguida por todas partes”.
El Reino de Dios que anunciaba Jesús (lo leíamos el domingo pasado) ya ha llegado: es él mismo, y se manifiesta, ante todo, por la Palabra que proclama al pueblo de parte de Dios.
Si Moisés prometió para el futuro un profeta que predicaría en nombre de Dios, ahora podemos decir que ya ha llegado. En la sinagoga de Cafarnaún, aunque no sabemos qué pasaje bíblico le tocó comentar, todos quedan admirados de lo que dice. A partir de ahora, a lo largo del evangelio, aparecerá como “el Profeta” que esperaban.
Lo que más les extraña es que “enseña con autoridad”, no como los otros maestros y escribas. Habla con convicción y con libertad respecto a las escuelas rabínicas del tiempo. Además, su palabra va acompañada de obras prodigiosas.
Jesús cumple a la perfección lo que anunciaba Dios del futuro profeta: “pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande”. ¡Cuántas veces dijo Jesús, sobre todo según el Evangelio de San Juan, que lo que enseñaba era lo que había oído al Padre! Él es la Palabra viviente que Dios dirige a la humanidad.
En nuestra Eucaristía debemos prestar atención a la Palabra de este Profeta, que es la que nos va iluminando el camino: “ojalá escuchéis hoy su voz”.
Además, como cristianos del pueblo de Dios, que participamos de la misión profética de Cristo, sobre todo si somos ministros o agentes de pastoral de la comunidad, que recibimos un particular encargo de ser testigos y portavoces de Dios, debemos transmitir a los otros la voz de Dios. Pero antes el verdadero profeta debe escuchar humildemente a Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Dios. Si Jesús hablaba “con autoridad” es porque hablaba desde Dios, con el que se mantenía en perfecta sintonía. Tal vez si nuestra predicación, o nuestra catequesis, no tiene “autoridad”, es porque los oyentes intuyen que lo nuestro es más bien “palabrería”, o que hablamos como meros repetidores de una lección que hemos aprendido y que nuestras palabras no van acompañadas de obras, de una vida consecuente.
No vaya a ser que merezcamos la acusación de “falsos profetas”, que tienen “la arrogancia de decir en nombre de Dios lo que él no les ha mandado”, o “hablan en nombre de dioses extranjeros”. En la confusión de ideologías que actualmente invade el mundo, es fácil caer en la tentación de presentar como palabra definitiva la que no lo es, y hablar movidos, no por el Espíritu con mayúscula, sino por otros espíritus, con minúscula, más cercanos a nuestro interés o a la moda o a la doctrina que más halague los oídos de la gente.
El Reino de Dios que viene a anunciar e instaurar Jesús no es sólo Palabra, sino también una fuerza poderosa que lucha contra el mal y lo vence. Es significativo que el primer milagro que narra San Marcos es precisamente la liberación de un poseso: la victoria contra las fuerzas del mal.
Es verdad que a veces en la Biblia se nota la tendencia a interpretar todo mal como consecuencia del pecado o de la influencia del maligno, o sea, del demonio. Pero el evangelio distingue a veces muy bien lo que es enfermedad y lo que es posesión diabólica, como en el diálogo que se establece en el pasaje de hoy entre “el espíritu” que atormentaba a aquel pobre hombre y Jesús, “el Santo de Dios”. Jesús trata de distinta manera a un “enfermo” que a un “poseso”.
Pero sea cual sea ese “espíritu” del mal, el evangelio nos asegura que Jesús viene como “el más fuerte” y se dispone a vencer a estas fuerzas del mal. Lo hace, no siguiendo las fórmulas y conjuros de los exorcistas de la época, sino con una orden tajante: “cállate y sal de él”, también esto “con autoridad”.  Todos deberíamos ser de algún modo “exorcistas”, o sea, liberadores. Porque sigue existiendo el mal, llámese como se llame: siguen esas fuerzas que actúan en el interior de cada persona y le llevan a hacer lo que no tendría que hacer. No se nos pide que hagamos milagros, pero sí que luchemos contra el mal en nosotros mismos y que contribuyamos también a que otros se liberen de toda “posesión” que les pueda esclavizar.
Con nuestra palabra oportuna y sobre todo con nuestra actitud de cercanía ¿liberamos a alguien de sus males? ¿Comunicamos esperanza al que acude a nosotros? ¿Le ayudamos a vencer los demonios del pesimismo, o de los criterios mundanos, o de los hábitos más o menos arraigados? ¿Le ayudamos a ser más libre interiormente?
Podemos pedir, con sinceridad, cada vez que rezamos el Padrenuestro, para nosotros y para todo el mundo, lo que nos enseñó Jesús: “líbranos del mal”, que se puede traducir también “líbranos del maligno”.
En el dilema entre matrimonio y celibato, escuchamos hoy los razonamientos de Pablo, que ciertamente no debemos considerar como un tratado completo sobre el sentido del matrimonio cristiano. En varios pasajes de sus cartas completa esta visión con otros aspectos.
Pablo no esconde su preferencia por el celibato, que personalmente ha adoptado para su vida y su ministerio, a diferencia, por ejemplo, de Pedro, que sí tenía mujer. Pero se entiende que alaba el celibato cuando es por vocación, no cuando es por comodidad o por desprecio del matrimonio.
El celibato él lo considera como una opción, y no como un mandato. En la Biblia se valora mucho el matrimonio y la fecundidad de los esposos, ya desde el inicio del Génesis: “creced y multiplicaos”. Pablo no expresa aquí desprecio por el estado matrimonial: él mismo expone la gran dignidad del matrimonio en Ef 5, donde considera la unión del hombre y la mujer como signo y sacramento del amor de Cristo a su Iglesia.
El argumento que emplea aquí a favor del celibato vocacional es que es “celibato por el Señor”, o sea, para dedicarse “a los asuntos del Señor”, como ha hecho él para dedicarse a su ministerio evangelizador. Visto así, el celibato no es negación, ni vacío, sino plenitud y entrega más plena a una causa que se ha considerado superior. No es desprecio ni huida de las responsabilidades de la paternidad, sino carisma, don y vocación positiva. Lo que sí dirá en varios pasajes de sus cartas es que cada uno debe ser fiel a su opción vocacional y, sea cual sea esta, trabajar por el Reino. El soltero y el casado y el viudo pueden cumplir dignamente en la comunidad eclesial una misión muy positiva a favor de la propagación del Reino. Aunque él haya preferido para sí mismo el celibato como el estado que le ha procurado libertad para su entrega más total a la evangelización.

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