Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía


Homilía del Señor  Arzobispo para el XXII Domingo del Tiempo Ordinario

 “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, tome su cruz y sígame”

A partir del capítulo presente, el evangelio de Mateo mira claramente hacia la cruz de Jesús, los acontecimientos de Jerusalén, hacia los que camina con decisión y fidelidad vocacional.
Pero también quiere que sus seguidores, empezando por Pedro y los demás apóstoles, imiten su actitud: si quieren seguirle, deben tomar su cruz y recorrer su mismo camino. Siguiendo también el ejemplo del profeta Jeremías, que tuvo que soportar infinidad de persecuciones y crisis para ser fiel a su misión.
En el libro de Jeremías hay varios pasajes que se llaman “confesiones de Jeremías”. En el de hoy el profeta se queja amargamente a Dios porque su vocación le ha traído sólo disgustos y persecuciones, porque no sólo tiene que anunciar, sino muchas veces denunciar las cosas que van mal en aquel período inmediatamente anterior al definitivo destierro. Sus palabras le hacen odioso al pueblo y, sobre todo, a las clases dirigentes.
Esto le crea una fuerte crisis que podemos llamar “vocacional”. Se siente solo y abandonado de todos, también de Dios. Protesta con palabras fuertes: “me sedujiste, Señor”, o sea, “me engañaste”. La tentación que le viene es dejarlo estar: “no me acordaré de él, no hablaré más en su nombre”. Pero la voz de Dios es demasiado fuerte: “ella era en mis entrañas fuego ardiente…intentaba contenerlo y no podía”.
El autor del Salmo, probablemente en situaciones semejantes, también ha experimentado la alegría de la cercanía de Dios: “mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Pero en momentos de angustia recurre a la ayuda de Dios: “fuiste mi auxilio y tu diestra me sostiene”.
La segunda parte de la carta a los Romanos -después de los once primeros capítulos, más teológicos, dedicados al misterio de la salvación por la fe- es más práctica. Ahora Pablo ofrece unas exhortaciones más concretas sobre cómo han de vivir los cristianos.
El pasaje de hoy, con una terminología “litúrgica”, afirma que el culto verdadero que debemos rendir a Dios es nuestra vida: “vuestros cuerpos como víctima viva, santa, ese es vuestro culto razonable”. Además, para vivir según la voluntad de Dios, tienen que mantenerse libres de la contaminación de este mundo, que tiene una mentalidad muy diferente de la de Cristo: “no os ajustéis a este mundo”. Porque nosotros, por el Bautismo, hemos sido incorporados con todas las consecuencias a Cristo Jesús y su estilo de vida.
El evangelio de hoy es prolongación del pasaje del domingo pasado. Entonces leíamos la admirable confesión de fe de Pedro y la alabanza de Jesús, que le concede la “investidura” como cabeza de la comunidad, con las imágenes de la roca fundacional y de las llaves del Reino.
Pero hoy, cuando Jesús anuncia por primera vez que va a Jerusalén a padecer y que allí será entregado a la muerte, y resucitará al tercer día, se encuentra con la reacción, de buena fe pero exagerada, de Pedro que quiere impedir incluso la mención de un fracaso semejante. La respuesta de Jesús esta vez no es ciertamente de alabanza, sino una de las más duras que salieron de su boca: “apártate de mí, Satanás”. Si antes le había alabado porque había sabido oír la voz de Dios, ahora le dice lo contrario: “tú piensas como los hombres, no como Dios”.
Si antes le había nombrado “piedra” constructiva, ahora dice que es para él “piedra de tropiezo o escándalo”. Y les dice a todos que, si quieren ser sus discípulos, deben tomar su cruz y seguirle.
Realmente la figura de Jeremías, profeta que actuó en Judá cuando ya se estaba a punto de consumar el destierro del pueblo a tierras del Norte, en tiempos del débil rey Sedecías, es una figura de Jesús en su camino de pasión y, también, de todo cristiano que quiera ser consecuente con su fe, “tomar su cruz” y seguir al Maestro.
El ministerio que le tocó al joven Jeremías (cuando Dios le llamó tendría apenas veinte años) no fue nada fácil: tuvo que anunciar desgracias si no cambiaban de conducta y de planes incluso políticos de alianzas. Nadie le hizo caso. Le persiguieron, le ridiculizaron. Ni en su familia ni en la sociedad encontró apoyo, fuera de unos pocos años en que el joven rey Josías colaboró con él en la renovación religiosa y social del pueblo, hasta su prematura muerte.
Esto creó en Jeremías momentos de fuerte angustia y crisis personal. A nadie le gusta ser el hazmerreír y la burla de todos. Ciertamente tuvo momentos dulces en su vida de profeta, porque sintió claramente la vocación de poder ser el portavoz de Dios para con su pueblo. Pero fueron también muy duros los momentos malos, como los que se reflejan en el pasaje de hoy: “me sedujiste, Señor…”. Jeremías llega a pensar en abandonar su misión profética. Pero fue fiel a su vocación.
Es el drama de un profeta fiel. Los profetas falsos, los que dicen las palabras que los gobernantes o el pueblo quieren oír, esos prosperan. Los profetas verdaderos, los que siguen la voz de su conciencia y anuncian lo que Dios quiere que anuncien, no suelen ser populares y a menudo acaban mal. Entonces y ahora. Jesús es el ejemplo más claro para nosotros. Él también tuvo momentos de “crisis vocacional”, sobre todo en el huerto de Getsemaní y en la cruz: “Padre, aparta de mí este cáliz… Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Pero también puede suceder lo mismo a los que a lo largo de la historia han tenido que denunciar injusticias o pronunciar palabras proféticas con sinceridad. Eso no vale sólo para el Papa o los obispos y demás pastores, sino para todo cristiano que quiere ser consecuente con su fe. Para todos sigue siendo válido lo de “tomar su cruz” y seguir a Jesús.
iEn la mentalidad de Pedro no cabe ni siquiera la idea del fracaso de Jesús. Para él, Jesús es un Mesías victorioso que debe ser reconocido por todos. No puede acabar en la muerte, vencido por sus enemigos. Es una reacción parecida a cuando le vio que se ceñía la toalla, en la cena de despedida, y quería lavarles los pies: tampoco eso cabía en la cabeza de Pedro. Todavía no había entendido ni que el Mesías debía sufrir ni que la autoridad hay que ejercerla como servicio.
Le quedaba mucho por madurar. En verdad, todavía “pensaba como los hombres, y no como Dios”. Más tarde, cuando predique a Cristo Resucitado, dirá claramente a todos que “el Mesías tenía que padecer”, y él mismo, Pedro, afrontará toda clase de persecuciones, hasta la muerte final en Roma, en tiempos de Nerón, como testigo de Cristo. Pero ahora, antes de esa maduración, le cuesta entender qué quiere decir Cristo Jesús.
También nosotros tendemos a “pensar como los hombres” y no “como Dios”. Los proyectos humanos van por otros caminos, de ventajas materiales y manipulaciones para poder prosperar y ser más que los demás y dominar a cuantos más mejor. Pero los proyectos de Dios son otros.
¿A quién le gusta la cruz? Ya nos lo avisó Jesús. No nos prometió nunca que su seguimiento sería fácil y cómodo. “Cargue con su cruz y sígame”. Lo que nos pasa, a Pedro y a nosotros, es que preferiríamos un “cristianismo a la carta”, aceptando algunas cosas del evangelio y omitiendo otras. Pedro se encontró muy a gusto en el monte Tabor, presenciando la transfiguración del Señor. Pero en el Calvario, al pie de la cruz, no se le vio. Nosotros apreciamos del seguimiento de Cristo algunos aspectos de consuelo y euforia, pero rehuimos otros de renuncia y sacrificio.
La cruz la tenemos como adorno en las paredes o colgada del cuello. Pero la cruz es seria: habla de renuncias y sacrificio y muerte. No es fácil ser buen cristiano. Nunca lo ha sido, pero ahora menos. Nos exige opciones a veces radicales y costosas.
Podemos incluir en este seguimiento “con cruz” lo que Pablo dice a los Romanos sobre cómo debe ser nuestro culto a Dios. En tiempos de Pablo, los recién convertidos al cristianismo tenían que mantenerse vigilantes para no recaer en la mentalidad pagana que tenían antes, y que es incompatible con la de Cristo.
Lo mismo sucede ahora. Los criterios de actuación que nos puede enseñar el mundo -entendiendo “el mundo” en el sentido de Pablo o de Juan, como el conjunto de fuerzas que nos inclinan al mal- los tenemos que evitar: “no os ajustéis a este mundo”. Todos sabemos qué diferencias encontramos, día tras día, al confrontar nuestro ambiente con la Palabra bíblica que escuchamos en la Eucaristía, tanto en las relaciones sociales, en los negocios y en nuestra ética sexual como en nuestra apertura para con Dios o en nuestro autocontrol. Pablo nos invita a renovar nuestra manera de pensar y nuestros criterios de actuación.
Además, para él la liturgia verdadera, el culto auténtico que Dios espera de nosotros, es la ofrenda vital de nuestra existencia a Dios. El “culto razonable” es ofrecer a Dios nuestro propio cuerpo, en la línea de lo que la carta a los Hebreos, citando el salmo 39, dice de Jesús, quien, en el momento mismo de su encarnación, se ofrece al Padre: “tú no quieres sacrificios de animales, pero me has dado un cuerpo: he aquí que vengo a hacer tu voluntad” (Hb 10,5).
Ciertamente Pablo no niega la importancia de la liturgia ritual, por ejemplo los sacramentos o la oración. Como no la niega Jesús cuando, siguiendo a varios profetas, dice lo de “misericordia quiero, y no sacrificios”. Pero sí nos están diciendo que ese rito exterior debe ser expresión de una actitud interior y vital. Cuando Pablo se enteró de que en Corinto la Eucaristía dominical no iba acompañada de un mínimo de fraternidad, les reprochó duramente que “eso no es comer la Cena del Señor”.

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