Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilía


Homilía del Señor Arzobispo para el XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

“Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”

Hoy leemos cómo los fariseos proponen a Jesús una pregunta-trampa, sobre la conveniencia o no de pagar los impuestos a los romanos. Pregunta que él resuelve con elegancia y picardía, llevando el tema del terreno político, en el que le quieren comprometer, al religioso, que es el que le interesa a él.
Es una ocasión para que nosotros reflexionemos sobre la siempre difícil conjugación de lo temporal y lo espiritual, del César y de Dios.
El rey de los persas, Ciro, es un personaje providencial para el pueblo de Israel. Con su decreto del año 538 antes de Cristo, después de conquistar Babilonia, no sólo da permiso a los israelitas que quieran para volver a su patria, dejando el destierro de Babilonia que había durado unos cincuenta años, sino que les da facilidades para que puedan reconstruir su país, sobre todo el Templo. Esta política liberal la usó Ciro no sólo con los israelitas, sino también con otros pueblos ocupados o en el destierro.
Ciro “no conoce a Dios”, pero Dios “le lleva de la mano” y “le da un título” (el ungido, el consagrado), y paradójicamente se convierte en instrumento de Dios para liberar a su pueblo y permitir que siga la línea religiosa y mesiánica que estaba amenazada si duraba más el destierro en tierra pagana.
Lo que sí queda claro es que Dios es el único Dios. Que es la idea que asume el salmo para invitar a los creyentes: “aclamad la gloria y el poder del Señor”. Fuera de nuestro Dios no hay ningún otro Dios. “Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones”.
Durante cinco domingos leeremos otros tantos pasajes de esta carta de Pablo a los cristianos de Tesalónica (la actual Salónica), capital de la Macedonia romana en el norte de Grecia, una comunidad que él había fundado en su segundo viaje apostólico. Es el escrito que se considera como el más antiguo de todo el Nuevo Testamento, datado hacia el año 51, o sea, unos veinte años después de la muerte de Cristo.
Leemos hoy el saludo de Pablo, a quien se unen Silvano y Timoteo, y unas expresiones muy laudatorias de acción de gracias por los valores que se ven en esa comunidad cristiana. En esta alabanza de Pablo aparecen las tres virtudes cristianas que luego se llamarán “virtudes teologales”, cada una con unos calificativos concretos: “la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza”. Es una comunidad muy viva, con la fuerza del Espíritu que recibió desde el principio.
En el marco de la creciente polémica contra Jesús, los fariseos, aliados esta vez con los herodianos, favorables a la ocupación romana, le proponen una pregunta no sincera, sino capciosa. Eso sí, con una apariencia humilde y con “captatio benevolentiae” (“sabemos que eres sincero… libre… fiel a Dios”). La pregunta es si es lícito pagar impuestos al César, o sea, al ocupante romano. Si responde que sí, le podrán acusar de colaboracionista y se malquistará con el pueblo. Si dice que no, podrá ser acusado de rebelde a las autoridades.
Jesús se da cuenta en seguida de su intención tramposa e hipócrita, evita “saltar al trapo” que le proponen y, recurriendo a la imagen del emperador que había grabada en las monedas de la época, les da una respuesta inteligente, que no entra en el fondo de la cuestión (nunca se mete en política), pero sí les invita a saber conjugar dos cosas, aunque ellos sólo le habían preguntado por una: “dad (devolved, pagad) al César lo del César, y a Dios lo de Dios”.
Los éxitos de Ciro los interpreta Isaías como debidos a la elección que ha hecho Dios de este rey para sus planes. Seguramente Ciro actuó como actuó, con una política muy liberal respecto a los pueblos sometidos, movido por sus convicciones y también por sus intereses políticos: devolver la libertad a los judíos desterrados era una garantía de futuros aliados.
Pero, sin saberlo él, estaba siendo instrumento en las manos de Dios y con la vuelta de Israel hacía que se cumplieran las promesas y se salvara no sólo la identidad nacional, sino también la religiosa, del único pueblo “monoteísta” de la época, y se continuará también con la línea mesiánica que amenazaba con romperse si duraba un poco más el destierro.
Dios, el único Dios, el verdadero, como ha afirmado Isaías, va conduciendo la historia también a través de los acontecimientos sociopolíticos, buenos o malos. El entusiasta salmo quiere cantar a un Dios que es Dios de todos los pueblos, sea cual sea su raza y su régimen político. Todos los hombres están destinados a la salvación que Dios ofrece y son invitados a alabarle y a vivir según sus caminos: “Cantad al Señor, toda la tierra… familias de los pueblos, aclamad al Señor… el Señor es Rey, él gobierna a los pueblos rectamente”.
Todo lo conduce él, no hay nada que suceda fuera de su conocimiento y de sus planes de salvación, incluso cuando parece que los tiempos son auténticamente calamitosos.
Todavía no se habían escrito los evangelios, pero ya en este primer escrito del Nuevo Testamento, la carta a los de Tesalónica, aparecen las mismas ideas que en los evangelios, porque antes de escribirse estos, la Buena Noticia anunciada por Jesús se vivía en las comunidades, gracias a la predicación de los apóstoles.
El retrato de aquella comunidad cristiana aparece aquí con envidiable calidad y riqueza: “él os ha elegido… hermanos amados de Dios… el Evangelio se proclamó entre vosotros con la fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda”. Pablo califica la fe, la caridad y la esperanza de los cristianos de Tesalónica de un modo muy laudatorio: “recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza”.
¿Nos podría felicitar a nosotros Pablo por estas virtudes y por esta vitalidad? ¿Se podría resumir la situación de nuestras comunidades parroquiales, diocesanas, religiosas, con estas alabanzas, en concreto con las tres virtudes que, ya en el primer escrito del Nuevo Testamento, aparecen como el resumen de toda la espiritualidad?
El tema era candente entonces, porque siempre una “ocupación” de un país por fuerzas extranjeras produce divisiones y una oposición generalizada al ocupante, sobre todo porque también afecta a la economía con los impuestos. No es de extrañar que hubiera en tiempos de Jesús “zelotas”, guerrilleros independistas muy activos.
Del terreno político, en el que los adversarios le querían comprometer, Jesús pasa al religioso. No se mete en discernir si es justa o no la ocupación romana. Como no se quiso mezclar en el litigio entre hermanos por una herencia. Él pagaba los dos dracmas del impuesto, junto con sus discípulos (cf. Mt 17, 24s). Se puede decir que él es y enseña a sus discípulos a ser buenos ciudadanos, además de fieles en el ámbito religioso.
También Pablo recomendará a sus cristianos: “sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios… por eso pagáis los impuestos, porque las autoridades son funcionarios de Dios… da a cada cual lo que se le debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor” (Rm 13.1-7; cf. también 1 Pedro 2,13-17).
Lo que Jesús nos enseña es que debemos dar a Dios lo que es de Dios, además de dar al César lo suyo. Cuando haya que optar por obedecer al César o a Dios, él no tiene ninguna duda: Dios es superior al César. Nuestra obediencia al César no es omnímoda. Ni el dinero ni el César han de ser considerados “dioses” ni rendirles culto. Dios es el único Dios.
Es lo que contestaron Pedro y los apóstoles a las autoridades que les mandaban callar y no difundir la buena noticia de Cristo: “Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios. No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 19), “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). ¡Cuántos cristianos han muerto, a lo largo de los dos mil de historia de la Iglesia, por no querer “adorar al César”, por no aceptarle como Dios!
Sigue siendo difícil conjugar lo civil y lo religioso, nuestras obligaciones como ciudadanos de este mundo y como cristianos. A lo largo de la historia ha habido formulaciones diversas de esta relación, a las que a veces no se ha respondido muy adecuadamente.
A veces el “cesaropapismo” ha hecho que la autoridad política se inmiscuyera demasiado en el terreno religioso. Otras veces, eran los pastores de la Iglesia los que pisaban excesivamente el terreno económico y político. La consigna de Jesús es que no hay ni disyuntiva exclusivista ni mezcla entre los dos campos, el del César y el de Dios.-No conviene ni sacralizar el poder político, ni politizar la misión eclesial. Por desgracia, las dos desviaciones han sucedido con frecuencia.
En la época moderna se ha conseguido en muchos lugares una sana separación entre Iglesia y Estado, firmando concordatos más o menos estables, sellando una relativa autonomía de los dos campos, aunque no una real “dicotomía”. También hoy están en el aire muchos temas candentes, que tienen que ver con el binomio César y Dios: moral sexual, formas de constituir una familia, la misión educativa de la escuela cristiana, los problemas del aborto o el divorcio o la eutanasia, etc.
Un cristiano que quiere ser consecuente en su vida civil y profesional, en el mundo de la enseñanza o de la sanidad, en los medios de comunicación o en la política, tiene aquí, no un tratado completo de actuación, pero sí una consigna de jerarquías que deberá continuamente tener en cuenta. Las Conferencias Episcopales de muchos países han publicado en los últimos años declaraciones y directorios para esta presencia de los cristianos en la “res publica”, en la línea que ya el Vaticano II inició, sobre todo con la constitución Gaudium et Spes.
En otro sentido también, la moneda del evangelio nos recuerda que no hemos de dar al bienestar material, que se ve más y nos resulta más inmediato, mayor importancia de la debida, descuidando los bienes de la fe, nuestro destino definitivo, nuestra relación con Dios, la centralidad de su Palabra, la vida eclesial y sacramental.
Por ejemplo, en la vivencia de nuestro domingo semanal, podríamos usar la misma comparación diciendo que es bueno que “demos al César”, a lo humano, a los valores familiares y lúdicos y al descanso corporal y psíquico, lo que se le debe. Pero, a la vez, no podemos descuidar lo que “debemos a Dios”, porque para los cristianos es el día de la creación el primer día del Génesis, el día de Cristo Resucitado, el día del Espíritu Santo que baja en Pentecostés sobre la comunidad eclesial y la llena de vida. Es el día de la reunión comunitaria para celebrar la Eucaristía.
Todo ello tendría que dar un color pascual y de fe optimista a las veinticuatro horas del día. Lo humano y lo espiritual, juntos, en armonía.
Lo humano, evangelizado por lo cristiano, y lo cristiano, gozosamente acompañado también por lo humano.

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