Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

La libertad, don de Dios

La libertad, don de Dios
La libertad, hoy día, es un tema bastante discutido, porque al parecer muchos no entienden o  no quieren entender el valor que tiene la libertad en la vida de la persona, entendiendo ésta como uno de los regalos más preciados que Dios le ha dado al hombre. Es más, muchas veces en nuestra vida acusamos a Dios de recortarnos nuestra libertad, si hemos de hacer siempre su voluntad, ¿dónde queda nuestra libre iniciativa? En efecto, muchos afirman “la libertad como el derecho más propio del ser humano. A menudo, se fomenta de una forma depravada, como si consistiera en una licencia absoluta para hacer todo lo que nos apetezca, aunque sea malo y esto dañe la vida de la otra persona”.
Actuar con libertad hoy día, es difícil sí, porque no se respeta la libertad del otro. Pero si se actúa desde los principios evangélicos, se da una cátedra de respeto, amor, afecto y se le demuestra a la otra persona el valor inefable de actuar con verdadera libertad. La libertad está al servicio del desarrollo integral de la persona, es decir toda ella es libre, por ende, toda ella puede y debe actuar con libertad. Es el mayor don que Dios le ha concedido. “Los otros seres son incapaces de obrar con libertad y responsabilidad. El sol saldrá mañana como lo ha hecho hoy. La corriente del río bajará siempre desde la montaña hasta el mar. La piedra lanzada hacia arriba, bajará. Y esto es así, porque están sujetos a la ley inexorable de la determinación. Son así y no pueden ser de otra forma”.  Sólo la persona contiene este regalo, pero lastimosamente no lo sabe cuidar, y hace hasta lo imposible por tirarlo a la basura.
Dios da la vida a la persona y con ella da la libertad, es el hombre en el transcurso de su vida el que decide qué hacer con ella, no somos títeres de Él, como muchos piensan, Él no decide si estudio o no para un exámen, si conseguiré este u otro trabajo, pero nos da las herramientas necesarias (palabras, personas etc.) para poder lograrlo. El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir o a hacer cualquier cosa. Es falso concebir a la persona humana, sujeto de esta libertad, como un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su propio interés. Apartarse de la ley moral del amor a Dios y a los hermanos es atentar contra la propia libertad, porque es convertirse en esclavo de sí mismo, romper la fraternidad con los otros y rebelarse contra la voluntad de Dios. Es decir, la libertad, no es ver qué camino elegir, sino, saber que el camino que elegí será de mucho bien para los otros y así yo me sentiré feliz también. Actuar con libertad es sentirme feliz cuando sé que, a través de mis actos, los demás también son felices.
Es bueno detenerse un momento y ver qué tan buen administrador he sido con la libertad que Dios me ha regalado.

 

 

 

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Esta entrada fue publicada el 10 septiembre 2012 por en Ecos del Seminario.
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