Semanario FIDES

EL DECANO DE LA PRENSA NACIONAL

Homilia 12 Agosto 2012

Homilía del Señor Arzobispo de Tegucigalpa para el XIX Domingo del Tiempo Ordinario
“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”

Sigue la catequesis de Jesús sobre el Pan de la Vida, en la sinagoga de Cafarnaún. A pesar de que la terminología de todo el capítulo parece “eucarística” (ya desde la multiplicación de los panes y su distribución), la lógica de Jesús va dando pasos, poco a poco.
Elías fue un personaje importante de la vida de Israel, un profeta fogoso que luchó con energía contra el deterioro social y religioso de su tiempo.
Pero hoy, perseguido a muerte por la reina Jezabel, tiene miedo y huye. La escena de hoy lo presenta en el desierto, desanimado, pidiendo a Dios la muerte: “Basta, Señor, quítame la vida”. Pero el ángel de Dios le despierta por dos veces, le manda que coma y beba, y que siga su camino. El Profeta encuentra pan y vino y, en efecto, sigue su camino hasta el monte donde se encontrará, misteriosamente, con Dios.
La Lectura nos prepara para escuchar, luego, en el Evangelio, la promesa del Pan que nos piensa dar Cristo Jesús para que tengamos vida.
El Salmo se hace eco de esta situación, símbolo de tantas que había sufrido el pueblo de Israel, y lleno de confianza en Dios, le alaba por su cercanía: “bendigo al Señor en todo momento… me libró de todas mis ansias”. Alude también al ángel, como el que atendió a Elías: “el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege”, para pasar a una afirmación global: “si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”, e invitar a todos a la alabanza y la confianza: “gustad y ved qué bueno es el Señor”.
San Pablo da a los cristianos de Éfeso unas consignas de vida comunitaria que siguen plenamente de actualidad. En negativo, “desterrad la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad”. En positivo, “sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros”.
Es una motivación desde Dios, y desde Dios Trino: “no pongas triste al Espíritu Santo de Dios”, “perdonando como Dios nos perdonó en Cristo”, “y vivan en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros”.
A esta altura del discurso de Jesús, al día siguiente de la multiplicación de los panes, en la sinagoga de Cafarnaún, San Juan intercala una objeción de los presentes a lo que va diciendo Jesús. Una objeción esta vez claramente “cristológica” (no todavía “eucarística”): ¿cómo puede decir éste que ha bajado del cielo? Se basan en que conocen a Jesús, “el hijo de José”, y también “a su padre y a su madre”.
Jesús sigue desarrollando su idea, sin contestar de momento a la pregunta: “se los aseguro: el que cree tiene vida eterna”. Los verbos de San Juan se repiten: “ver, venir, creer”, y se añade otro, “atraer”, que indica que la fe no es fruto sólo de nuestro esfuerzo: “nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre”.
Al final aparece otro verbo, “comer”, que es el que conducirá el discurso hacia la Eucaristía: “el que coma de este Pan vivirá para siempre”. Anuncia ya que “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Después de un triunfo espectacular que ha obtenido el profeta Elías contra los sacerdotes de los dioses falsos, es perseguido a muerte por la reina Jezabel y su débil esposo el rey Ajab. El que siempre había aparecido como profeta temperamental, atrevido, incansable, ahora tiene miedo y entra en crisis. Está en el desierto, no sólo geográficamente, sino psicológicamente.
Es una crisis que podemos llamar “vocacional”: se desanima porque no ve los frutos de su predicación, está cansado de hablar y no ser escuchado, cae en la tentación de “dimitir” y huye. Llega hasta el punto de desearse la muerte: “¡basta, Señor! ¡Quítame la vida!”. Se siente abandonado de Dios.
Es una crisis que vemos también en la historia de Moisés o de Jeremías, o en la de Jesús en el Huerto de Getsemaní, cuando con gritos y lágrimas (como dice la Carta a los Hebreos) pidió a su Padre ser liberado de la muerte, y los evangelistas dicen que su “alma estaba triste hasta la muerte”. Esa expresión “hasta la muerte” (“usque ad mortem”) la interpretan algunos como “con una tristeza capaz de hacerme desear la muerte”.
Cuando no tenemos un motivo espiritual y superior para vivir puede que una persona llegue  hasta el extremo de tumbarse bajo la retama y desear la muerte.
A pesar de las apariencias, Dios no abandona a Elías. De momento no le hace oír su voz -lo hará cuando llegue al monte Horeb- pero sí la del ángel: “levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas”. Hace que encuentre una hogaza de pan y un jarro de agua, para que siga su camino y tenga fuerzas hasta el final: “levántate, come”.
En efecto, Elías “se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches”. Tal vez Dios le está dando una lección porque le ve demasiado confiado en sus propias fuerzas, un poco presuntuoso y violento en sus métodos. Sin la ayuda de Dios no podrá hacer nada. Más adelante, cuando se le aparezca en el monte, le dará otra lección: no se hace reconocer ni en la tormenta ni en el fuego, ni en el terremoto, sino en una suave brisa. Finalmente, le mandará que vuelva de nuevo a la ciudad, de la que estaba huyendo, a continuar su misión.
Cuando nosotros flaqueamos en el camino -un camino que a veces nos resulta realmente difícil- no podemos apoyarnos sólo en nuestras propias fuerzas, sino en Dios.
También a nosotros nos ha preparado Dios “una hogaza de pan cocido y un jarro de agua”, que nos ayuda a proseguir nuestro camino, por áspero que sea: la Iglesia, su doctrina, sus sacramentos, en especial la Eucaristía, el buen ejemplo de nuestros hermanos… Sobre todo, su Hijo Cristo Jesús, que es el Pan de la vida, y su Espíritu, a quien se representa muchas veces como el agua de la vida. Para que continuemos nuestro camino sin desánimos ni dimisiones.
Como respuesta a nuestra debilidad ha pensado Dios darnos un alimento para el camino: su Hijo Jesús. Como sucedió con aquella multitud cansada y hambrienta de la que se compadeció Jesús y les alimentó con el pan milagroso, pero apuntando al Pan que era Él mismo: “yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre”.
Si creemos en Él, o sea, si le admitimos sinceramente en nuestra vida, tendremos fuerza para seguir el camino: tendremos “vida eterna”. Si no creemos en Él, si construimos nuestra vida independientemente de Él, sin dejarnos iluminar y alimentar por Él, no construiremos nada sólido, y nos perderemos por el desierto.
Los que oyeron el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún no parece que estuvieran muy decididos a creer en Él: ¿cómo puede decir éste que ha bajado del cielo? Se escudaron en que al “hijo de José” le conocían desde pequeño, así como también conocían “a su padre y a su madre”.
Cada vez que celebramos la Misa, parece como si siguiéramos el itinerario que nos señala San Juan en este capítulo que estamos leyendo. Primero “comemos a Cristo Palabra”, profundizando en nuestra fe en Él. Es la primera parte de la Misa, la “mesa de la Palabra”. Luego pasamos a “comerle como Pan y Vino”, en la Comunión.
Cristo, Palabra y Pan. Celebramos la Palabra de Dios, o sea, acogemos a Cristo como la Palabra viviente que es de Dios. Eso mismo nos prepara para que luego, en la segunda “mesa”, le recibamos como Pan y Vino eucarísticos.
Tanto a la Palabra como a la Eucaristía se les puede llamar “pan” y “alimento”. En la introducción al Misal se afirma que “en la Misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y alimento” (IGMR 28).
Ojalá se pueda decir también de nosotros: “y con la fuerza de aquel alimento caminó durante toda una semana”.
Si el domingo pasado leíamos cómo San Pablo invitaba a sus cristianos a vivir según el “hombre nuevo” y no según las costumbres que tenían antes, cuando eran paganos, hoy concreta su recomendación en uno de los aspectos que más veces subraya en sus cartas: la caridad fraterna.
Las consignas son siempre actuales. Por una parte hay que evitar cosas como “la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad”.
Ciertamente no son estos los “frutos del Espíritu” que San Pablo enumera en otros pasajes. Es lógico que afirme que estas cosas “ponen triste al Espíritu Santo de Dios” con el que estamos marcados desde el Bautismo.
La parte positiva es que debemos ser “buenos, comprensivos, perdonándonos unos a otros”. Estos sí son frutos del Espíritu.
San Pablo, como siempre, se remonta al ejemplo de Jesús y del mismo Dios Padre. Motiva estas actitudes positivas que hemos de cultivar en una comunidad como imitación de Dios: “perdonándonos como Dios nos perdonó en Cristo”. El amor que nos debemos tener no sólo es humano: “vivan en el amor como Cristo nos amó” y Cristo nos mostró ese amor con las obras, “se entregó por nosotros a Dios como oblación”.
Bastante mejor nos irían las cosas en toda comunidad -eclesial, social, familiar- si hiciéramos caso de estos consejos de San Pablo.

 

 

 

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Esta entrada fue publicada el 10 agosto 2012 por en Homilias.
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